Esta consigna me encanta porque cada vez que me siento a escribir mi cabeza quiere irse a otro lado, busca mil excusas para hacer otra cosa, hay que lavar la ropa, mejor cocino, a ver ese video, voy a leer el diario, mejor dibujo en mi cuaderno, voy a escuchar una canción y así.
Esta es la oportunidad perfecta para dejar que tu cabeza haga lo que hace siempre, solamente que ahora vas a transcribir sus pensamientos en tiempo real. Es como cuando eras chico y tenías ese amigo que, para molestarte, repetía todo lo que le decías y copiaba tus movimientos como si fuese tu reflejo.
No planees mucho este texto, vas a ver que tu cabeza se va a encargar de escribirlo solo. Tú solo ten la mano preparada.
Para este ejercicio buscá un papel lindo, puede ser de carta, de color, con dibujos o uno que te gustó por algo y que habías reservado para una ocasión especial. Agarrá también un sobre, o fabricá uno, y escribile en el frente:
“Estas son mis raíces” Escrito el: __________________ (fecha de hoy) Para abrir el: ________________ (fecha que quieras)
Cuando hice mi viaje por las librerías de Londres descubrí el libro “Letters to my future self” (Cartas a mi futuro/a yo). Tiene doce hojas que se doblan como sobres, cada hoja trae una consigna para escribir en formato carta y al final del libro hay doce stickers para sellar cada sobre y no abrirlo hasta la fecha indicada. Uno de los temas que más me gustó escribir es el de las raíces. Nuestras raíces pueden estar en nuestra infancia, en el barrio donde crecimos, en las historias que vivieron nuestros abuelos antes de que naciéramos, en un país que forma parte de nuestro ADN pero al que nunca fuimos, en la crianza de nuestros papás, en un evento que nos marcó cuando teníamos muy poca edad. Escribite a vos mismo/a, contate cuáles son tus raíces, después sellá el sobre y no lo abras por varios años, hasta la fecha en la que creas que podés llegar a necesitar un recordatorio como este
Natalie Goldberg propone: “Visualizá un lugar que amás, situate ahí, recordá los detalles. Ahora describilo. Puede ser un rincón de tu dormitorio, un árbol bajo el que te sentaste un verano, una mesa en el McDonald’s de tu barrio, la orilla de un río. ¿Qué colores, olores, sonidos hay? Cuando otra persona lo lea debería saber qué se siente estar ahí. Debería sentir cómo amás ese lugar, no porque digas que lo amás, sino por cómo mostrás los detalles”.
¿Cuáles son las primeras cinco cosas que hacés al levantarte?
Miras por la ventana, abrazas a alguien, te abrigas los pies, te preparás un té en tu taza preferida que compraste en un viaje, escribís tus sueños, comés, no comés, mirás el teléfono, ¿qué hacés? Describe estas cinco acciones en tercera persona, como si estuvieras hablando del personaje de algún cuento
Divide la hoja en cuatro y escribe un párrafo corto acerca de cada rotura.
Este es un ejercicio del libro “642 Tiny things to write about” así que está pensado para ser cortito. Si alguno de los cuatro temas te inspira, sigue escribiendo.
Escribe acerca de algo que no te guste hacer, que odies tener que repetir.
Describe la actividad paso a paso y cuenta con mucho detalle por qué no te gusta, qué sientes cuando lo haces. Yo, por ejemplo, odio ver fotos de las vacaciones de otro, sobre todo cuando son 7651 sin seleccionar, varias tomas de lo mismo, mucho desenfoque, flash pegando sobre cachetes de desconocidos, series de pies contra la arena, fotos grupales repetidas. Las veces que tengo que mirarlas por obligación siento que voy a sufrir algo así como el Death by Powerpoint. Tampoco me gusta el ritual de ir a la piscina (nadar me encanta, el antes y el después me parece lo más tedioso del mundo), ni jugar al hockey (en el colegio me obligaban), ni subirme a un escenario. Elige algo que te desagrade hacer, lo que sea, y escríbelo. Tienes permiso para quejarte.
En el libro “El mundo imaginario de”, de Keri Smith, la autora da ejercicios para crear nuestro propio mundo: describir una calle, dibujar un mapa, hacer una lista de identidades secretas, construir un museo, hacer reglas de comportamiento, escribir una constitución, dibujar los paisajes, crear artefactos históricos.
Empecemos por lo simple: ¿cómo sería el clima de tu mundo imaginario? ¿Hay estaciones? ¿Llueve? ¿Temperatura promedio? ¿Hay auroras boreales, sol de medianoche? ¿Es húmedo, seco? Descríbelo, imaginate un día en ese clima, y si querés seguir con el ejercicio de construir el mundo, piensa en los paisajes y en cómo sería tu casa.
Acordate que tu mundo imaginario no tiene por qué parecerse al real, tal vez tiene condiciones climáticas revolucionarias, como lluvia de libros o árboles hechos con biromes.
Felicidades 🎉🎊, hemos llegado a la mitad del reto, ya es el día 15, sigamos con ánimo escribiendo un practicando para crear este habito diario de escritura.
Vamos muy bien así que sigamos así como vamos, sin decaer porque al fin y al cabo estamos haciendo algo que nos gusta mucho y que disfrutamos.
El ejercicio de hoy es un poco más largo y no es solo para escribir sino para aprender a recordar en imágenes. Es del libro “What it is”, de Lynda Barry, una gran autora que les recomiendo mucho, y tiene varios pasos:
1. Numerá una hoja del 1 al 10 y hacé una lista de 10 perros que hayan formado parte de tu vida, los que primero se te vengan a la mente. No lo pienses demasiado.
2. Elegí uno, el que haya aparecido en tu cabeza de manera más vívida.
3. Ahora tratá de reconstruir el recuerdo específico de ese perro que se te vino a la mente respondiendo a las siguientes preguntas: ¿Dónde estás? ¿Qué momento del día es? ¿Qué estación del año? ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás ahí? ¿Cuántos años tenés? ¿Hay alguien más con vos? ¿Alguien se acaba de ir o está por llegar? ¿Qué temperatura hay? ¿Qué sonidos escuchás? ¿A qué huele el aire? ¿Qué objetos tenés alrededor?
4. Posicionate en esa imagen y girá, mirala desde todos los ángulos: ¿qué hay enfrente tuyo / a tu derecha / atrás / a tu izquierda / encima tuyo / debajo tuyo?
5. Escribí sin parar durante 8 minutos. Empezá el texto con “Estoy…” y escribí ese recuerdo en presente.
Podés repetir este ejercicio con el sustantivo que quieras: 10 autos, 10 casas, 10 gatos, 10 compañeros de colegio, 10 madres de otros… La idea es que en la lista incluyas 10 que hayan formado o formen parte de tu vida.
Este es uno de mis ejercicios preferidos, espero que lo disfruten!
El libro “642 Tiny Things to Write About” propone: “Piensa en un evento dramático de tu vida (un accidente, pelea o pérdida) y escribelo hacia atrás”. Como si la cámara que filmó esa situación solo te permitiese ver el video de atrás para adelante. No hace falta que sea un texto largo, este libro de disparadores está pensado para completar las consignas en cinco minutos o menos, así que pueden condensar todo en un párrafo. Traten de mostrar cómo el tiempo va hacia atrás, en qué detalles se nota. Les dejo un cuento que me gusta mucho y que está escrito con este formato: “Divina locura” de Roger Zelazny. Mañana, para festejar el día 15, les daré uno de mis ejercicios preferidos de Lynda Barry.
Elegí una edad que sea importante por las elecciones que hiciste en ese momento. Puede ser cuando empezaste la facultad, cuando la dejaste, cuando tuviste un hijo, te peleaste con alguien, conociste a alguien, dejaste tu trabajo, alguien se murió, casi te morís. Puede ser un evento muy mínimo que haya cambiado el rumbo de tu vida. Escribile a ese yo de XX años desde tu yo actual y decile lo que sientas que tiene que saber.
Este ejercicio me encanta. Lo hice por primera vez en el taller de narrativa de Pedro Mairal, un escritor argentino, en el 2013. Una mañana, Pedro llegó al bar con una naranja, la puso sobre la mesa y nos pidió que habláramos de ella. Cada cual terminó contando una historia distinta, alguien describió la manera de pelar naranjas de su papá, yo conté de cuando un chino me regaló una naranja muy cara en año nuevo. La naranja era la misma pero tenía significados distintos según quién la mirara. Los objetos tienen historias personales que solo los dueños pueden contar. A veces esa historia nos antecede, a veces empieza con nosotros. Para la consigna de hoy elijan un objeto de su casa y escriban su historia. Traten de reconstruir todo: de dónde salió el objeto, cómo llegó a sus vidas, de qué maneras interactúan con él, qué significados oculta, qué lo hace importante, o no.
En Writing down the bones, Natalie Goldberg propone: “Empezá con me acuerdo de. Escribí muchas memorias chiquitas. Si caes en un recuerdo grande, escribí acerca de eso. No frenes. No te preocupes si ese recuerdo ocurrió hace cinco segundos o hace cinco años. Todo lo que no es este momento son memorias que vuelven a cobrar vida cuando las escribimos. Si te trabás, volvé a escribir me acuerdo de y seguí”. Es un buen ejercicio para hacer una lista. Mi consejo es que no piensen demasiado, que escriban lo que se les venga a la mente y se dejen llevar. Cuando lo hice terminé escribiendo un montón de historias del colegio que no hubiese recordado de otra manera. Si se traban, también pueden empezar diciendo “no me acuerdo de”.
Si pudieras inventar algo para facilitarte la vida, ¿qué sería? A mí me encantaría que exista un “Search” para la vida real: perdí algo en mi casa, lo escribo en esta barra de búsqueda y enseguida me muestra dónde está. También me gustaría tener un buscador de texto para mis libretas, para saber dónde escribí ciertas cosas. Imaginen que logran inventar esto que tanto necesitan y que tienen que salir a venderlo. ¿Cómo lo presentarían
Todos recordamos ese momento, cuando lo/la vimos por primera vez, así que hoy nos toca ponernos románticos (?). O no. Hay amores que son a primera vista y otros a décima. Buscá ese día en tu cabeza y tratá de revivirlo. ¿Dónde estabas? ¿Por qué estabas ahí? ¿Cómo era el clima? ¿Era de día o de noche? ¿Cómo fue que se cruzaron? ¿Cuál fue el primer pensamiento que tuviste? ¿Qué te dijo? ¿Qué le dijiste? ¿Qué fue lo que te llamó la atención? ¿Qué pasaba a tu alrededor? ¿Cómo estaban vestidos? Como dije en otro ejercicio, la escritura sirve para guardar momentos en cajitas, así que condensá ese primer encuentro y describilo lo mejor que puedas, como si quisieras mantenerlo en el presente para siempre.
Revolvé los cajones de tu casa (o de la casa de alguien, con su permiso) y buscá una foto. Si encontrás varias quedate con la que más te llame la atención, también podés usar alguna que hayas encontrado hace poco de casualidad. No importa si es de gente que conocés o no, si muestra un paisaje, una escena, un retrato, un cumpleaños. Las imágenes tienen el poder de congelar un instante pero siempre dejan una incógnita: ¿qué estaba pasando fuera del cuadro? ¿Quién sacó la foto? ¿En qué circunstancias? ¿Qué pasó unos segundos después de esa foto? ¿Qué pasó unos segundos antes? ¿Cuál fue el camino del fotógrafo para llegar a capturar esa imagen? ¿Qué pasaba alrededor suyo mientras él apretaba el botón? Mirá la foto, hacete estas preguntas y respondé a las que quieras por escrito. No pienses mucho, imaginá, inventá, suponé, dejá que la foto te cuente su historia.
La leyenda dice que una vez desafiaron a Hemingway a escribir un cuento en seis palabras. El resultado: “On sale: baby shoes, never worn” (“Oferta: zapatos de bebé, jamás usados”). Así nació el micro-género de las historias en seis palabras. En el 2006, la revista SMITH desafió a lectores y escritores que admiraban a escribir sus memorias en seis palabras (six-word memoirs) y de ese ejercicio salió un libro: “Not quite what I was planning. Six-word memoirs by writers famous and obscure”. Hemingway había demostrado que se podía contar una historia con media docena de palabras y la revista demostró que también se puede relatar una vida con esa cantidad. Es cuestión de saber elegirlas bien. Un tiempo después, los mismos editores publicaron “Six-word memoirs on love and heartbreak”, historias de amor y desamor en seis palabras. Me encanta ese libro y se los recomiendo, aunque solo se consigue en inglés.
En las pesadillas hay algo muy poderoso: condensan todo eso que nos da miedo, a veces de manera muy irracional. Alguna vez soñé que alguien me perseguía para matarme y me desperté mal, pero mis peores pesadillas son otras, son las que se repiten y me quedan grabadas en la cabeza. Es fácil olvidarse de un sueño pero es muy difícil olvidarse de una pesadilla. Escribir desde el miedo, con mucho detalle, también es un buen ejercicio.
Hace un tiempo les recomendé que se compren un cuaderno y escriban sus sueños todas las mañanas. ¿Alguien empezó? Yo lo hago desde el 2009, aunque no todos los días porque tengo etapas en las que no me acuerdo de haber soñado nada. Ahora, hace varios meses que me despierto con el sueño completo en la cabeza y lo primero que hago es sentarme a escribirlo en mi cuaderno de los sueños. Trato de no esperar mucho porque a los pocos minutos me lo empiezo a olvidar y al final del día ya no me acuerdo de nada. No sé si tendrá que ver o no, pero en mi caso soy más consciente de mis sueños cuando hago trabajos creativos y cuando estoy conectada conmigo. Hablando de obsesiones, una de las mías son los sueños.
Todos tenemos temas que nos obsesionan y las obsesiones son poderosas, dice Natalie Goldberg en “Writing down the bones”. Según ella, los escritores siempre terminan escribiendo acerca de sus obsesiones: lo que los persigue, lo que no pueden olvidar, lo que cargan desde la infancia. Son temas de los que no podemos escapar, cosas que se traslucen en nuestros textos aunque no nos demos cuenta.
Escribir tiene mucho que ver con aprender a estar presente. Natalie Goldberg dice que los escritores viven dos veces: primero la situación real —ir al mercado, cruzar la calle, dar un beso, comer, pelearse— y luego el registro escrito de esa situación. Escribir es volver a vivir un momento, es estar otra vez ahí, y para eso no hace falta tener buena memoria sino saber prestarle atención a la realidad. No es fácil ser consciente de cada momento —de esto se trata el mindfulness—, la vida cotidiana suele ponernos en piloto automático y hace que no registremos esos detalles que son, justamente, demasiado cotidianos. Pero la atención es algo que se entrena y la escritura es una herramienta excelente para esa gimnasia.
Sé bien específico, acota tu biografía en el tiempo, puedes concentrarte en una edad, año, década, evento importante, rasgo de personalidad. Relata eventos que viviste, desde los más banales hasta los más extraordinarios, e inventa con mucho detalle cosas que nunca hiciste, personas que nunca conociste, conflictos que no existieron. También podés escribir acerca de una edad a la que todavía no llegaste como si ya la hubieses vivido. Pon todo en un mismo texto, sin aclarar lo que es verdad y lo que es mentira. La escritura sirve para mostrar mundos internos y para crear mundos imaginarios. Tenés el poder de escribir tu historia y de ser quien quieras.
En “Writing down the bones”, Natalie Goldberg dice que es bueno preguntarnos, de vez en cuando, por qué escribimos. Cada cual tiene sus motivos y acá no hace falta justificarse, solo escribir el por qué: porque no quiero olvidarme de mi vida, porque es lo que me sale hacer, porque escribir es lo único que no me aburre, porque quiero escribir novelas y vivir en un bosque, porque puedo inventar otros mundos, porque quiero vivir para siempre, porque no tengo con quien hablar, porque me duele, porque me hace feliz, porque me ayuda a recordar, porque me ayuda a olvidar. Porque sí.
Es bueno tener un temporizador para hacer estos ejercicios y no dejar de mover la mano hasta que suene la alarma. Piensen en otros formatos: pueden hacer una lista, un mapa mental, un párrafo largo.
Dicen que hay que hacer algo por al menos treinta días para convertirlo en hábito. A mí a veces me funciona y a veces no, pero solo me doy cuenta al intentarlo.
Cuando el hábito que quiero formar tiene que ver con la creatividad o el arte, me gusta pensarlo en formato de proyecto. Si quieres escribir tienes que generar el hábito.
Antes cuando leía un libro que me gustaba, me imaginaba que el autor se había sentado una mañana en su escritorio, en alguna cabaña en un bosque, había estirado los dedos y se había puesto a tipear la novela entera de una sentada, casi sin errores. En general eso no pasa. Hay borradores inservibles, momentos en los que el cuerpo duele, parálisis frente a la hoja en blanco, momentos de disfrute pleno, un censor interno que no para de hablar y muchas pero muchas horas frente a la pantalla o el cuaderno.
Escribir no es fácil pero tampoco tiene que intimidar. No hace falta escribir acerca de grandes cosas ni escribir pensando que el objetivo de un texto es publicarlo. Yo escribo muchos más textos para mí que para compartir. Anne Lamott dijo, en su libro “Bird by bird”: “The act of writing turns out to be its own reward”. El verdadero premio que nos da la escritura es el acto de escribir en sí, el proceso. Todo lo demás no importa, si no disfrutamos eso no vale pena hacerlo solo por los resultados.
“Cómo pasamos nuestros días es cómo pasamos nuestra vida”, dijo Anne Dillard. Si escribes aunque sea media hora por día, aunque no publiques ni se lo muestres a nadie, habrás pasado gran parte de tu vida escribiendo. Por eso tengo ganas de proponerles un proyecto para que hagamos juntos, a la distancia y en silencio.
Durante los próximos 30 días, cada día publicaré un disparador o consigna corta para escribir un texto de la extensión que quieran y con el formato que quieran en sus cuadernos o blogs. Son disparadores orientados a textos autobiográficos, pero pueden encararlos como quieran, o incluso escribir de otra cosa. No hace falta que los compartan, ni siquiera tienen que ser textos terminados. No le tengan miedo a los borradores. Lo importante es que los empiecen, se dejen llevar y disfruten esa media hora diaria, que sea una media hora para encontrarse con la hoja y el lapicero—o con la pantalla y el teclado— y con ustedes mismos. Nada más.
Esta idea y las consignas las he tomado de escribir.me me ha gustado tanto que quise compartirlo con ustedes y si quieren sumarse a mi práctica, son bienvenidos
DEJA QUE SEA EL PERSONAJE QUIEN DIGA CÓMO SE SIENTE.
Otra método que puedes utilizar es haciendo hablar al personaje y dejar que exprese sus emociones verbalmente. En esta situación, el personaje se comunicará directamente con el lector y expresará sus emociones de forma explícita a través del diálogo. Desde el punto de vista narrativo, esto acerca al personaje a sus propias emociones, pero el resultado puede ser alienante, porque en la vida real es difícil que verbalicemos las emociones con claridad siguiendo esta pauta.
Para entender la veracidad de esta última afirmación, piensa en tu propia experiencia, en todas esas situaciones en las que has expresado explícitamente tus emociones. ¿Con qué frecuencia dices abiertamente qué sientes? Es mucho más probable que alguien te pregunte cómo te sientes y que a esa misma pregunta decidas no responder con la verdad sino con alguna evasiava para esconder tus sentimientos.
Aquel día, que parece hoy muy lejano ya, pasaba con mi madre frente a la librería, en las estanterías, que siempre parábamos a ver porque a ambas nos gustan mucho los libros, estaba un libro, del que tantas veces había escuchado hablar, pero nunca había tenido la oportunidad de leer, le comenté a mi madre: “oye, ¿alguna vez leíste Robinson Crusoe?, ese libro que habla de un naufrago; a lo cual ella con una sonrisa en su rostro me dice, “si, lo leí hace muchos años, habla de mucho más que un naufrago, entremos a comprarlo y así descubres lo que realmente sucede en esa historia.”
Mi madre y yo, con una sonrisa que no me cabía en la cara, entramos a la librería que era todo un paraíso de historias, cuentos, novelas, cosas que para mí siempre han sido un sueño hecho realidad, de hecho en una oportunidad incluso le dije a mi madre: quiero ser escritora y tener mi propia editorial, sueño que mi madre siempre ha apoyado y aún hoy en día me impulsa y me apoya, para que no me olvide ni desvíe mi camino.
Llegué ese día a casa tan emocionada como cualquier pequeño la noche de navidad, sintiendo la sensación más placentera que existe para algún amante de la literatura, el olor de un libro nuevo, la tinta ya fijada en las páginas pero que aun emana ese exquisito aroma mezclado con las hojas de papel nuevas, que después de haber salido de la imprenta embalado era yo la primera en tocarlas y admirar las letras.
Fue uno de esos libros que te atrapan desde el primer momento, tuve que detener la lectura a la hora de comer, después de haberle dicho a mi madre unas diez veces “ya voy…”, toda la familia estaba sentada ya en la mesa, con la comida un poco fría esperando por mí para iniciar la cena, esas cosas solo un lector las entenderá, mi madre, como buena lectora solo soltó una sonrisa ladeada y señaló con su boca mi puesto en la mesa para que me sentara.
Las aventuras de Robinson Crusoe no solo es el relato de un naufrago, para mí es la historia de la perseverancia, de la resiliencia, de ella aprendí que cosas terribles pueden llegar a pasar en nuestras vidas, y más aún, que cuando pensabas que estaban mejorando, cosas peores suceden, pero que la estabilidad está dentro de cada uno de nosotros, si permitimos que el miedo nos venza, es ahí donde perdemos el camino.
De las cosas malas que suceden podemos sacar algo bueno, Robinson quedó atrapado en una isla durante más de treinta años, si mal no recuerdo, pero ahí fue capaz de hacer su vida, construyó su castillo y su casa de campo, domesticó animales e hizo huertos. El tomó cada cosa que había aprendido en su trayecto y lo puso en practica cuando tuvo necesidad.
Aun hoy en día cuando se me presentan situaciones adversas, me digo a mi misma, vamos que si Robinson hizo todo lo que hizo y salió adelante tu también puedes salir de esta situación, es una pequeñez comparada con las cosas que tuvo que vivir el.
Ves las cosas desde otra perspectiva, perseverancia, organización y llevar un diario por para conservar la cordura, de las cosas malas sacar lo mejor y lograr la superación personal mediante la correcta toma de decisiones, esas son solo algunas de las cosas que cada día mi madre me recuerda sobre el libro y hoy en día puedo agradecerle por aquella tarde maravillosa, donde me hizo uno de los mejore regalos de mi vida, el conocer esa historia y descubrir que es mucho más que solo “la historia de un náufrago”.
EL DIÁLOGO NO ES TODO, MUESTRA EL LENGUAJE CORPORAL
Como ocurre en la vida real, a pesar de todas las palabras que podamos utilizar en diálogos, al final la mayor parte de la información pasa por la comunicación no verbal; es decir, por el lenguaje corporal.
El lenguaje corporal es visible no sólo en el comportamiento que tenemos, sino en las acciones que emprendemos, así como en las decisiones que tomamos.
Por esta razón es muy importante que muestres los comportamientos, las acciones y las decisiones de tus personajes que indican su estado emocional para que el lector pueda entender por sí mismo el significado y se vea reflejado.
El lenguaje corporal en nuestros personajes es visible.