La semilla del mal, es un relato conformado por 19 capítulos que les iré dejando de manera semanal por este espacio, cada domingo podrán encontrar una entrega de esta maravillosa obra.
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La semilla del mal
1.
El aula de literatura siempre había sido un territorio de tregua, un cubo de granito y bloques pulidos donde Fernando solía moverse con la comodidad del que domina las palabras. Pero aquel lunes, las palabras se habían secado. El aire olía a tiza húmeda, a lluvia retenida en los suéteres de lana y al rastro agrio del desinfectante barato que usaban para limpiar los pasillos. El profesor hablaba desde la tarima sobre la ética y el tejido social de los griegos, pero su voz llegaba a las últimas filas como un zumbido sordo, desprovisto de peso. Fernando mantenía la vista clavada en un punto ciego del pupitre: una hendidura en la madera donde alguien, años atrás, había raspado el barniz con la punta de un compás hasta dejar la veta en vivo, descolorida. No levantó la mano. Ni una sola vez.Al otro lado del salón, la sombra de Julián se recortaba contra el reflejo gris de los ventanales altos. No se movía, pero la tensión en sus hombros era visible bajo la tela fina del uniforme; una rigidez muscular que no pertenecía a un aula, sino al instante previo de una colisión. Detrás de él, en los pupitres del fondo, se sentaban los de siempre. Aquellos muchachos cuyos apellidos rotulaban las avenidas y las clínicas de la ciudad, los herederos de una influencia silenciosa que manejaba los hilos de la clase sin necesidad de alzar la voz. Intercambiaban miradas rápidas, casi imperceptibles, con la desidiosa comodidad de los que asisten a un espectáculo cuyo final ya ha sido pagado. Observaban a Julián, su ejecutor predilecto, medir la distancia que lo separaba de la promesa del colegio.Fernando intentaba aplicar las técnicas de control que Adriano le había enseñado en el dojang. Inspirar en cuatro tiempos, sostener el aire en el centro del vientre, dejar que el pulso bajara. Pero el aire se le quedaba trabado en la gola, denso como el polvo de la tiza. Al intentar retenerlo, una contracción violenta le sacudió el pecho, transformándose en una tos rasposa que rompió el monólogo del profesor. Sentía los ojos de Julián fijos en su nuca, como un peso físico que le inclinaba la cabeza.—¿Todo bien, Fernando? —interrumpió la profesora Lourdes, deteniéndose a mitad de una frase sobre los códigos de honor.El silencio que siguió fue asfixiante, un vacío donde el ritmo sordo de la suela de Julián contra el piso de granito marcaba los segundos. Fernando asintió con dificultad. No abrió la boca; sabía que si hablaba, la vibración de su voz delataría el temblor. Levantó la palma derecha hacia la profesora, un muro pálido que pedía tiempo, y se puso de pie. Al moverse, su muslo tropezó con la esquina del pupitre de Lucía, haciendo que un estuche de metal rodara por el suelo con un estrépito que sonó a chatarra en medio de la sala. Lucía se levantó antes de que el eco terminara de apagarse, agarró el termo de aluminio de su bolso y lo siguió hacia el pasillo.Lucía no era de las que se quedaban a mirar cómo el agua arrastraba la tierra. En el corredor, la luz de la tarde entraba gris, horizontal, revelando las partículas de polvo que flotaban en el aire estancado. Vio cómo los hombros de Fernando se hundían, arqueados bajo una gravedad invisible que empezaba a desdibujar al atleta, al muchacho que ella había visto cruzar la meta de los cien metros sin alterar el ritmo de su respiración. Intentó rozar el dorso de su mano para transmitirle un anclaje, pero Fernando retiró el brazo con un movimiento brusco, un latigazo de cables pelados. Rozar a alguien era un peligro que ya no podía permitirse; el pasillo acristalado mantenía los reflejos del interior del aula, y la silueta de Julián seguía allí, una mancha oscura contra la pizarra.La joven sintió el primer aguijonazo de un miedo áspero. No era por ella; era por el desasimiento que veía nacer en los ojos de su amigo, unas pupilas demasiado dilatadas que ya no buscaban el pizarrón ni los libros, sino la salida de emergencia, el espacio libre entre la marea de pupitres simétricos. Le ofreció el termo. Fernando bebió un sorbo corto que le hizo pasar saliva con un sonido seco, audible en el corredor vacío, y se alejó hacia las escaleras mecánicas sin pronunciar palabra.Minutos después, el escenario cambió al dojang, pero el aire no se había limpiado. El olor a alcanfor, a lona vieja y al sudor rancio acumulado en los petos protectores de la esquina formaba una capa densa que se pegaba a la garganta. Se suponía que la madera del recinto purificaba las miserias del exterior, pero esa tarde la electricidad latente se sentía viciada, estrecha. El Maestro Adriano observó el saludo inicial desde su silla de madera alta. Su rostro no mostraba alteración, pero sus dedos, fijos sobre el borde de su cinturón negro gastado, detectaron de inmediato la anomalía.Fernando realizó la reverencia de forma mecánica, doblando el torso como una bisagra oxidada, con la vista clavada en las líneas rojas del tatami y una rigidez en los tobillos que delataba que su eje había sido tocado. Su centro, ese punto tres dedos abajo del ombligo donde Adriano insistía que residía la majestad del guerrero, estaba suelto. En el bando opuesto de la fila, Julián ejecutaba los giros de calentamiento con una potencia desmedida, casi ruidosa. Cada impacto de su pie contra la lona sonaba como un latigazo. Buscaba, con la urgencia del que no duerme, que el eco de sus golpes llegara hasta las gradas donde tres herederos de camisas planchadas lo observaban, premiándolo con sonrisas de condescendencia; la palmada en la espalda que se le da a un perro de caza eficiente. Sin embargo, bajo el sudor que le corría por las sienes, las ojeras de Julián revelaban el cansancio crónico del que solo vive para cumplir mandatos ajenos, la fatiga del esclavo que viste ropas de seda.Durante la práctica de combate libre, el quiebre resultó definitivo. Fernando lanzó una patada lateral alta (Yop chagi). La trayectoria fue limpia, una línea recta que habría puntuado en cualquier tablero, pero iba vacía de intención, desprovista del peso interno que hace que el golpe sea un argumento. Fue un gesto perdido en un limbo de confusión que desdibujaba su antigua alegría vital. Aquella luz que solía tener al pisar el tapiz había sido reemplazada por una tristeza física, un repliegue de los hombros que lo hacía retroceder ante cada avance de Julián.—¡Kal-yeo!, baro, chariot, kyong-ye —la voz del Sabuhnim Omar, potente y firme como un martillazo sobre el yunque, cortó el asalto antes de que terminara el tiempo reglamentario. Había visto la señal visual del Maestro Adriano desde la mesa de control.Adriano detuvo el entrenamiento antes de que el choque de los protectores se transformara en un estallido de odio puro. Comprendía que el espíritu de Fernando estaba siendo sitiado por una estructura de poder invisible, un enemigo que no usaba guantes ni petos y al que Fernando no sabía cómo aplicar un bloqueo de antebrazo. La risa contenida de los jóvenes de las gradas —ese germen de la futura impunidad— flotaba en el aire del gimnasio; disfrutaban la capacidad de usar el trauma de Julián para destruir la luz de Fernando sin recibir un solo golpe de vuelta en sus rostros limpios.Ante la afrenta, Adriano se levantó de la silla. Su silueta recortada contra el espejo del fondo infundía un respeto ancestral. No levantó la voz.—El grupo de las gradas se queda a limpiar el calzado de la escuela y los protectores de lona. El resto, al vestuario.Los herederos, indignados por la orden de sostener un trapo húmedo, buscaron con la mirada a Fernando mientras se ponían de pie despacio, proyectando un desdén amenazante que llenó el pasillo de los casilleros. Julián, molesto, acorralado por la presión de sus «pares», comprendió el mensaje implícito que le dejaban sobre el banco de madera: el sistema exigía que buscara a su rival fuera de la seguridad del tatami para amedrentarlo de forma definitiva.
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