
Enner es un joven escritor, yo lo veo como una gran promesa en el mundo de la literatura, hoy se estrena como colaborador del blog con su «Carta a una madre»
Querida mamá:
Hace mucho tiempo que no te llamo así, ¿verdad? “Mamá”. ¿A qué se debe? Lo ignoro, o puede que no, puede que tenga que ver con eso que siempre estuvo entre nosotras. Mi infancia y adolescencia transcurrieron en la misma casa que vio tu adultez temprana y pronta vejez. Pero fuimos como desconocidas. Había una brecha. Tal vez era para ti el recordatorio de un esposo ausente, y tú para mí la realización de un padre que nunca mereció ser llamado padre. Te veía sonreírme, y aunque lo ocultaras, sé que había melancolía en esa forma opaca que dibujabas en tus labios y llamabas “sonrisa”.
Sufrías, sufrías la vida.
Es mi percepción, aun así. Puede que tenga una idea inexacta. Puede que no sea cierto que me miraras siempre con tristeza teñida en tus ojos. Puede que mis recuerdos no sean tan certeros. Pero es lo que llevo grabado de ti. Recuerdo una ocasión… Discutimos. Me encontré arrimada a la pared, abrazándome las rodillas. Mi corazón a punto de salirse de mi pecho. “Un ataque de pánico”, comprendí tiempo después, durante momentos aquellos en lo que mis recuerdos me atenazaban como pesadillas que se materializan en la oscuridad al cerrar los ojos. Fue el primero. No corriste a ayudarme. Me miraste, como si fuera débil, y me tildaste de “dramática”.
Fue mi amiga cercana de aquella época quien me permitió salir de ese estado.
Y grité. Grité. Grité con todas mis fuerzas hasta que perdí la voz. No sé el porqué. Ahora me doy cuenta que muchas de mis acciones no tienen una explicación, puede que muchas de tus acciones no la tengan tampoco.
No quiero pensarte de ese modo. Por ello, cuando se me viene ese recuerdo a la mente, pienso en la época en que te llamaba “mamá” con frecuencia. No fue la mejor época. Durante aquel tiempo gráficos de muerte, con tonos rosa, aparecieron en una pantalla. “Cáncer”, dijo el doctor. Hubo dolor… mucho dolor. Y éramos dos, solo dos. Supongo que, frente a ello, frente a la espada que pende sobre nuestras cabezas, la muerte, tomamos decisiones, especialmente cuando la soga que la sujeta está muy cercana a ceder. Yo decidí convertirme en lo que puede que hoy no sea: una buena hija. Y aun cuando me gritaste, cuando dijiste cosas que hicieron a mi voz quebrarse y silenciarse, cuando me hiciste querer desaparecer, seguí a tu lado, llamándote “mamá”. Porque aquello era menos importante, yo era menos importante. Primero estabas tú.
No me arrepiento. Ni por un segundo. Pero escribirlo me hace entender por qué me elijo ahora. Nunca lo hice antes.
Pasamos por mucho durante ese tiempo. Y antes de él. Pero creo que fue el período donde hablamos más. El período que me hizo entender por qué eres como eres. Tal vez por ello te llamaba tan a menudo: “mamá”. Te sentí como eso, como mi madre. Pasabas días tumbada en la cama. Te observaba durante horas. Parecía que no temías abandonar la vida. Y yo moría de miedo al pensar siquiera en esa posibilidad. Me callaba, por supuesto. No te ayudaba el verme así. Tenía que ser fuerte, porque la persona con la que podía tal vez ser débil y vulnerable, no estaba dispuesta a mirarme.
Creé una coraza. Era fuerte porque tenía que serlo, positiva porque debía serlo. Pero lloraba bajo las mantas. Mordía las almohadas. Pensaba y pensaba y pensaba, hasta que la luz se filtraba por la ventana y tenía que cerrar los ojos durante al menos unos minutos para rendir durante el día. Lo ves. Todos cargamos con algo.
Como siempre lo hiciste, lo lograste. Te sobrepusiste. Fue agotador, para ambas. Te vi salir ese día de la clínica como alguien más. Eras “mamá”. Pero al final, la ruptura fue inevitable. Crecí. Y aunque yo buscaba en tus ojos y en tu sereno y vacío rostro algo… nunca lo hallé. Eras “mamá”, pero no se sentía más como si lo fueras. Seguíamos siendo extrañas, incluso con todo el tiempo compartido. Y tras el paso de las estaciones, mucho más. Nos convertimos en caras anónimas.
Ahora soy “mamá” y por eso me decidí a escribirte. No para cuestionarte, juzgarte, reclamarte o hacerte sentir mal, sino para decirte que siempre tenemos opción. Es cuestión de decidir. Me enseñaste que primero llegan los gritos, después la afabilidad. He descubierto que no es así. Puedes detener los gritos.
Por eso me cuestiono: ¿de dónde proviene la manía de intentar construir con piezas rotas, dejadas por la demolición de la ira, cuando sabemos que quedarán fisuras? El resultado será una edificación inestable, incapaz de resistir al estruendoso exterior.
Me tomó tiempo rellenar esas fisuras. Espero que tú hallas podido llenar las tuyas.
No te avergüences de ellas. Yo no lo hago al ver las mías.
Ahora soy “mamá” y por eso me decidí a escribirte. Porque nuevamente te siento como “mamá”. ¿Sabes por qué? Porque vivo en carne propia lo que tal vez tú enfrentaste en silencio. He visto puertas cerrarse en mis narices, más veces de las que debería, por ser “mamá”. Sin embargo, fue ser “mamá” lo que me llevó a continuar. Quiero pensar que fue lo mismo para ti. Y aunque decidiste sufrir la vida. De eso aprendí. Y creo que debo agradecerlo. Esta edificación inestable, fue capaz de sobrevivir los embistes de la vorágine exterior. No debería haber sufrido lo que sufrió, pero… ha pasado un tiempo.
Y el tiempo demostró que, aunque a veces primero llegan los gritos, y después la afabilidad, es posible disminuir el tono. Respirar. Bajar la voz. Detener los gritos.
Ha pasado un tiempo.
Y solo quería que supieras que para mí eres aún “mamá”.
Ejaf (2022)



























