
Alicia, corría por toda la casa buscando sus zapatillas, debía llegar al ensayo antes de las 6 de la tarde, ese día escogerían a quienes irían a la audición para el papel principal de “El Lago de los Cisnes”.
Se había esforzado durante horas, diariamente, en los últimos 4 meses, sin fallar un solo día, Y hoy, cuando todo debía ser perfecto, no encontraba las zapatillas doradas; su amuleto de la suerte.
Ya estaba a punto de rendirse cuando unas manos frágiles pero certeras colgaron las zapatillas frente a sus ojos, diciéndole: ―“apresúrate, querida, hoy es el gran día”― a lo que ella sonriendo contestó: ― “gracias, qué me haría sin ti”―, y besándola en la frente tras un aparatoso y dulce abrazo salió a toda prisa como una mariposa, bailando sobre la luz repentina de la lámpara.
Las siguientes 3 semanas, los ensayos ocuparon todo el tiempo disponible de Alicia, llegaba de la escuela a terminar sus deberes y de inmediato se iba al teatro a pasar largas horas repasando sus rutinas, una y otra vez para el estreno.
Cada día, al llegar a casa, su madre esperaba su regreso; en aquel invierno en particular, calentaba la sala para recibirla en un espacio cálido y acogedor con una deliciosa taza de té de jazmín y cayena para que se relajara y durmiera profundamente.
Luego de darse una ducha, se abrigaba con una hermosa cobija hecha por Giselle; desde que Alicia nació, cada cinco años le había tejido cada cobertor de invierno en su cumpleaños.
Alicia, se sentaba en el sofá, cerca de la chimenea donde sus adoloridos y deformados pies eran masajeados y untados con una crema de hierbas frescas que los aliviaba.
Su madre revisaba con ella cada detalle de las escenas, mientras, Tchaikovsky inundaba el ambiente, y ella se iba quedando dormida sobre el regazo de aquella abnegada mujer, que la apoyaba en su sueño de ser la mejor bailarina de la compañía de ballet de la ciudad, y que optaba a una beca para estudiar en la prestigiosa escuela de Bolshoi.
Al llegar el día del estreno, los nervios y la emoción embargaban a Alicia; su madre la alentaba a disfrutarlo, era el gran día y ambas habían soñado con aquel momento.
Alicia interpretaría a Odette y a Odile en “El lago de los cisnes” donde el desdoblamiento de la personalidad era requisito indispensable para la transición de la dualidad del personaje que interpretaba.
El llamado “Pas de deux” requería de una gran habilidad física y un perfecto control del cuerpo y las emociones. Ir de la sutileza a la fuerza, sin perder gracia y técnica. Era una adaptación que conservaba la esencia de la obra original.
Mientras la maquillaban, repasaba en su mente cada movimiento. Su hermoso traje, mitad negro y mitad blanco perla, con delicadas aplicaciones que semejaban plumas, había sido confeccionado por su madre, quien cuidó cada detalle.
Su rostro llevaba un impresionante maquillaje que lo dividía en dos expresiones contrastantes, un lado delicado y angelical y el otro agresivo y perverso dándole un aire muy cercano a los rasgos de un cisne.
Giselle, tomó sus manos y la besó tiernamente en la frente, levantó su barbilla y le dijo: ―”anda, ve y brilla, ilumínalos con tu talento. Es en ese escenario donde te espera tu sueño”―.
Cuando el telón se abrió, Gissele se acomodó en la butaca apretando contra su pecho el amuleto de Alicia quien antes de salir a escena tomó aire estiró su esbelto cuerpo y con paso decidido y grácil hizo su entrada triunfal.
Tras un estreno maravilloso, Alicia fue ovacionada por el público, su desempeño había sido magistral y conmovedor. Se había entregado con pasión a su personaje y su cuerpo fluyó como un cisne sobre el agua.
Sus compañeros, los dueños de la compañía, la prensa y la televisión la abrumaron durante horas y por un momento había olvidado que Giselle se encontraba en el teatro.
Al llegar a su camerino, con el alma eufórica y el cuerpo agotado, encontró una pequeña caja sobre la silla frente al espejo. Dentro se encontraban sus zapatillas de la suerte con una nota que decía: ― “estuviste maravillosa, lo lograste, estoy orgullosa de ti, aquí te dejo tu amuleto, lo llevaba conmigo mientras bailabas. Te vi brillar y elevarte como un ave sobre el escenario. Te amo, hija de mi vida”―
Cuando Giselle llegó a la casa, también encontró sobre su cama una caja. Al abrirla, sonrío y lloró de ternura. Allí estaban las primeras zapatillas de Alicia y una pequeña caja de música con una hermosa bailarina. Al darle cuerda una melodía de Tchaikovsky sonaba y en el fondo de la caja una nota que decía: ― “no importa lo que pase hoy, lo logramos, mamá. Gracias por ser la luz de mi vida y el viento bajo mis alas. Te amo, nos vemos en casa”―.



























