Hubo un tiempo en que escribir requería un ritual sagrado: el café humeante en la taza exacta, el silencio sepulcral de una habitación vacía y horas interminables por delante que se extendían como un lienzo en blanco. Quienes nos dedicamos a la palabra solíamos mitificar ese aislamiento. Creíamos que la musa era una criatura tímidaSigue leyendo «El arte de robarle minutos al reloj: Confesiones de una mente dividida»