Por: Manuela Sánchez
Era septiembre, el clima ya lo recordaba, cercano al cumpleaños de John, pero ya no con la misma emoción de antes, su vida ha dado giros impensables desde aquel día.
Sabía que no lo podía evitar, aquella tarde debía afrontar lo que le aquejaba.
—Aquí estoy, dijo John, viéndolo de frente. —Es el día y la hora acordada.
—Muy bien ahora toca la melodía, le respondió con expresión inmutable.
John tocó la melodía y lentamente la atmósfera fue cambiando, el sentimiento crecía, la tristeza volvía a aparecer y John no podía ya parar….
—¡No quiero continuar!, exclamó John.
—No es tu decisión, le respondió él… continúa, no pares hasta que te lo ordene.
Un giro a la ruleta que jamás se detiene, una pregunta sin responder en el aire, un suspiro interminable que se mezcla con el aroma y la sed en la habitación. Siete lugares vacíos, son oportunidades perdidas, un lazo que las quema a todas en un segundo.
—Hoy es 9 le dice él. —lo se —es el día.
Tantos otoños caminados, tantas lunas llenas, tantas puestas de sol, para llegar a este día. El conocimiento estaba ahí, desde aquel día, la melodía también, ese maldito número también.
Sus dedos se deslizaban casi de forma imperceptible por las cuerdas del instrumento, mientras éstas tallan sus finos dedos, la melodía agridulce de la novena suena fielmente.
Él cierra los ojos y siente lo que conlleva aquella melodía, remembranzas de aquellos días, de aquel momento decisivo en la vida.
Las velas en los candelabros, las flores, los aromas que son desconocidos para otros, para John son cotidianos.
Es el día y la hora acordados…
