
Cruce la esquina y ahí sentado estaba un gato negro, me miró directo a los ojos y maulló como queriendo decir algo, preferí ignorarlo y seguir de largo.
La lluvia comenzó a caer, no traía mi paraguas conmigo, así que metí mis manos en los bolsillos del saco y apuré el paso, un poco más adelante estaba un gato negro, me miró y maulló, desvié mi mirada y continué con mi caminar apurado.
Las gotas caían fuerte, podía sentirlas en mi cabeza casi perforándome el cráneo, se deslizaban por mi rostro llegando hasta el saco, que estaba ya pesado del agua que cargaba. Vi un espacio frente a una cafetería donde quizá podía refugiarme de la lluvia, di tres saltos como queriendo pasar por atleta olímpico en medio de los charcos que se habían formado en la calle, al llegar pude observar un gato negro, me miró fijamente y maulló.
Creo que estoy enloqueciendo, pienso mientras hago un gesto de desdén con mis ojos.
El gato sigue mirándome mientras maulla, así que decido acercarme hasta donde está, me inclino ligeramente para verlo más de cerca y asegurarme que no es ningún mal augurio, simplemente un dejavú.
Sale del café una hermosa mujer, de cuerpo esbelto, cabello castaño peinado en una especie de moño que me recuerda un tanto esas películas de los años treinta, un vestido blanco con puntos rojos y en sus pies, unos tacones rojos estilo Luis 15, saca su sombrilla Roja y toda ella reluce como si una especie de magia la rodeara, da dos pasos al frente saca su mano fuera del techo del café para verificar la intensidad de la lluvia, pronto vuelve a ponerse en resguardo, se pone un sobretodo blanco y se acurruca como buscando refugio de la fría lluvia, mira de reojo al gato quien sigue mirándome y maulla, mientras yo embelesado no dejo de mirar a la mujer.
Con un gesto de asombro camina hacia el gato, quien se contonea hacia la dama y acaricia sus piernas mientras se pasea entre ellas.
—¿Es su gato? Pregunta ella mientras le acaricia la cabeza.
—no lo es, es sólo un dejavú, igual que tú…