
Desgranaban los días últimos del invierno, cuando una familia (dos padres jóvenes y su hija), recién llegada a Guayana, marcó de por vida la «Casa de los Morichales». La más joven despertó sobresaltada esa fatídica noche por un estridente ruido, producto del cristal al besar el impávido suelo. Alguien o algo había entrado. Se asomó temblorosa a la puerta de su habitación, consiguiendo ver en el salón solo restos de vidrio y pisadas escarlatas. La indecisión la apresó: quería ir con sus padres, mas no toparse con el intruso.
La sentencia le fue arrebata, una serie de alaridos resonaron, era su madre pidiendo auxilio. Corrió al cuarto de sus progenitores, en la planta superior, encontrándolo vacío. Los gritos se repitieron, esta vez en la estancia. Nada la preparó para lo que se encontró. Desde lo alto de las escaleras observó la sala cubierta de sangre; el olor a carroña en breves instantes hizo lagrimar sus ojos.
Destacaba el acuchillado cuerpo de su madre, el líquido carmesí fluyendo cuan caudal hasta toparse con el de su padre. Él estaba aún con vida, pero exangüe. Intentó decir algo, nada salía. Pronto ella descubrió qué era. La ambivalente forma que merodeaba la casa la empujó, haciéndola rodar hasta que quedó inerte en la base, un pétalo marchito.
Al día siguiente, los cuerpos no estaban, la vivienda se hallaba vacía. Desde entonces se escuchan bramidos y llantos al anochecer. Y cada familia que intenta vivir en la casa de los alaridos desaparece.
Enner, nos deja con ganas de más. Una escritura, limpia y precisa, que no subordina, sino va al grano. Su complejidad sintáctica busca la elegancia y la simetría. Logra redondear la historia y deja en el lector la posibilidad de ser parte de la narración, al permitirnos intervenir en las posibles explicaciones del hecho.
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