SOSPECHAS INFUNDADAS por Manuela Sánchez

«Lo conocí en la oficina, es de esos nuevos que aceptan sin pedir un perfil psicológico»...

He Estado trabajando en un escrito, que tengo la más firme convicción de que se convertirá en mi primera novela, tengo mucho que tener aún, pero me gustaría que le echen un vistazo a lo que va del capítulo 1 (aún no está completo) y me comenten que les parece, a ver si vale continuar con la escritura o si es mejor cambiar a otra historia.

Capítulo I «Sospechas Infundadas»

Conocí un psicópata, uno de verdad, verdad. Nunca me imaginé que iba a conocer a alguien así en mi vida.
No se imaginan lo incómodo que fue estar cerca de él, es como si te leyera la mente; un rostro inexpresivo y una mirada perdida, pero me estaba escuchando mientras yo hablaba con alguien más y en un momento hizo una media sonrisa.
Lo conocí en la oficina, es de esos nuevos que aceptan sin pedir un perfil psicológico, a veces este puede ser un error garrafal para cualquier empresa, sin importar cuál sea su rama.
A pesar de ser un tanto extraño, tenía unas características físicas muy particulares, es un hombre joven de unos treintitantos años, de complexión delgada, tés blanca y baja estatura, es calvo en el medio de la cabeza, por eso deja crecer su cabello de un lado y lo peina hacia el otro tratando de disimular la calvicie, el color de su cabello es un rubio cobrizo.
Darío, ese es su nombre y desde la primera vez que lo vi un escalofrío recorrió mi cuerpo, comenzando desde la nuca bajando lentamente por mi espalda hasta llegar a la parte baja, ahí donde se supone que antes teníamos una cola y solo quedó el huesillo.
Su mirada fija me recorría cada centímetro igual que aquella sensación tan desagradable, observaba detenidamente mi cabello ladeando un poco la cabeza para poder ver bien la parte posterior, seguidamente miraba mis orejas y mi frente, pero evadió mis ojos, tal como si no le interesara mucho hurgar en mi mirada, en lugar de ello bajo su vista a mi nariz al tiempo que tocaba la punta de la suya con su dedo índice y pulgar, luego se detuvo un momento en mi boca y pude ver como su lengua salía ligeramente entre sus dientes mientras tocaba con ella su labio inferior, bajó un tanto más hasta mi cuello y pude ver como sus ojos se fijaban muy bien en los latidos de mi aorta, lo supe porque movía su cabeza al mismo ritmo que mis latidos, continuó bajando y se detuvo a mirar el escote de mi blusa, no era muy pronunciado pero como si tuviese una especie de rayos laser en los ojos su mirada se fue agudizando y su sonrisa ladeada apareció de nuevo mientras con su mano derecha tocaba su mentón y la izquierda entraba en el bolsillo de su pantalón de blue jean; mi incomodidad fue tan notoria que mi jefe, con quien yo estaba hablando en ese momento sobre unas muestras de pedidos que había que entregar, me preguntó si me sentía mal o algo porque había dejado de hablar sobre las muestras y mi pierna derecha temblaba un poco al tiempo que mi respiración aumentaba al punto de acercarme a la hiperventilación.
—Estoy bien, gracias, solo necesito sentarme un momento y tomar agua, creo que se me ha bajado el azúcar.
—Ana Elisa, ¿estás segura de que no es nada más? Preguntó nuevamente mi jefe
No podía expresar mi temor, en realidad al volver la mirada y ver a Darío aun ahí, con la mirada perdida y la sonrisa de lado, helaba mi sangre, no había forma de que le dijera a alguien lo que estaba sintiendo, así que tomé el agua y simplemente asentí con la cabeza de forma pausada.
Minutos después Darío se había alejado de mi puesto de trabajo, así que al no tenerlo cerca de mi vista hizo que me tranquilizara un poco, me concentrara nuevamente en el trabajo y continuara hablando con mi jefe sobre las muestras que había que entregar a los clientes.
Desde que comenzó a trabajar en la empresa, Darío era muy responsable, generalmente llegaba temprano cada mañana, con María Alejandra, su hermana; a diferencia de él, ella era una chica linda, de piel blanca y larga cabellera rubia, ojos claros que dejaba ver muy bien detrás de sus lentes de pasta negros, a pesar de no ejercitarse tenía un cuerpo contorneado, era un tanto más joven que él, quizá unos veintitantos, pero mostraba en mismo ahínco en el trabajo, la empresa entera los reconocía como excelentes trabajadores, muy organizados en cada una de las cosas que hacían, él era un experto diseñador gráfico, ella una experta en organización de empresas y entre los dos daban una mejor estructura a la empresa.
Cada mañana llegaban más temprano que el resto de los trabajadores, el único que estaba en la empresa era el encargado, y veía como cada día llegaban en una camioneta negra con vidrios ahumados, eran dejados en la esquina de la empresa y después de ver cuidadosamente que nadie más estuviese alrededor procedían a caminar a paso veloz hacia la entrada principal de la empresa, de igual forma, cada tarde al culminar la jornada laboral, la misma camioneta los esperaba en aquel punto, la misma esquina, ellos salían caminando a paso veloz y subían en ella sin dar tiempo de ver quien más abordaba aquel auto, una vez adentro esperaban hasta que no había nadie dentro de la empresa, incluso salía el encargado y luego la camioneta donde ellos abordaban ponía en marca el motor y arrancaba aunque muchas veces el encargado sugirió que era una actitud sospechosa, los demás solo alegaban que “eran precavidos, al fin y al cabo, no sabemos con quién podemos encontrarnos en la vía, este es un país muy inseguro…”
Darío siempre ha sido uno de esos empleados que quieren ganarse el retrato en la pared como “el empleado del mes”, trabajaba arduamente sin mirar mucho hacia los lados y si pasaba algo en la oficina, podías estar seguro de que al día siguiente los jefes lo sabrían todo con lujo de detalles, más allá de importar lo que pensaran los compañeros de trabajo era mejor que los jefes estuviesen al tanto de lo que sucedía porque la empresa es de ellos y todo lo que pasa allí dentro es  de su incumbencia, la oficina donde él desempeñaba sus labores era compartida con un grupo de cuatro personas, todas ellas mujeres, que procuraban no dirigirle la palabra, pues sabían bien que cualquier cosa que le dijeran iba a parar instantáneamente a oídos más altos, todos los empleados de la oficina sabían que era él quien daba la información, pero él alegaba con su voz chillona — En estas oficinas hay micrófonos y pueden escuchar todo lo que se habla aquí adentro.
Su voz chillona, si, era una voz finita pero estridente, como cuando pasan las uñas por una pizarra de tiza o arrastran una chapa boca abajo sobre un piso de cerámica pulido, cuando hablaba hacía que me chirriaran los dientes, recuerdo que en algún momento alguien me comentaba que todos los psicópatas debían tener algún rasgo favorable para poder atraer a sus víctimas, pues para mí este no era el caso, cada centímetro de él me era repulsivo y de todo el conjunto, creo que su voz era lo más desagradable de todo.
Llegó el jueves, esa había sido una semana difícil en el trabajo, la cantidad de pedidos de los clientes, las reuniones tanto con los clientes como con el equipo de trabajo y con los jefes me tenía un tanto agotada, a parte de las horas extra que había estado trabajando en las noches para poder adelantar pedidos y que en las fechas decembrinas pudiese tener vacaciones en tranquilidad. Era la hora del almuerzo y sentada en el comedor de la empresa, sumergida en mis pensamientos siento un olor muy particular, un olor que me hizo dejar de comer y mirar alrededor para saber de dónde venía, era una combinación de pino silvestre y agua brava, tan fuerte que penetraba hasta mi estómago, al girar mi cabeza, justo en la mesa de al lado estaba él, Darío, en silencio con su mirada clavada en mis piernas, mientras sostenía en sus manos un tenedor de metal con un trozo de carne más crudo que cocido, aún con sangre que goteaba y caía sobre el plato blanco, que contenía solo un bistec, sin ningún otro acompañante, sostenía el tenedor en el aire con la boca semi abierta mientras me miraba las piernas y en su otra mano, apoyada sobre el plato, un cuchillo de cierras.  Al ver aquella escena preferí levantarme de la mesa, ya había tenido suficiente estrés aquella semana como para enfocar mis energías en aquella persona enferma, caminé hasta el cesto de la basura, lancé la comida en él y continué mi camino escaleras abajo para regresar a mi lugar de trabajo, en realidad ya no tenía nada de hambre, mientras caminaba levanté la mirada hacia el balcón que daba al comedor y allí estaba él, mirándome fijamente mientras sujetaba el tenedor en el aire con el trozo de carne a medio cocer y la boca medio abierta, apuré el paso casi hasta correr por el pasillo, subí las escaleras que dan a mi oficina y cerré la puerta detrás de mí, solo al sentarme en mi silla me di cuenta de que estaba temblando, las manos se movían por cuenta propia y las piernas sin fuerzas no paraban de sacudirse, más que el ejercicio hecho era el terror de aquella imagen que ahora estaba guardada en mi mente quien sabe hasta cuándo.
María Alejandra era otra historia, era una chica conversadora, muy elocuente, que hacía chistes sobre el trabajo o la oficina, por suerte me tocaba compartir oficina con ella y no con su hermano, constantemente contaba anécdotas de algunos de sus amigos de la universidad, pocas veces hablaba de ella o de su familia, solo comentaba que su familia era muy reservada en todos los aspectos y que lo que le habían inculcado era que fuera de las paredes de la casa no debía hablarse sobre lo que pasada adentro, hay muchas familias así, conservadoras.
Era un poco extraño el saber que ambos eran bastante mayores para aun vivir con sus padres, pero la situación económica del país no presentaba una cara fácil para ningún joven, los salarios ayudaban para colaborar en la adquisición de comida y cubrir algunos gastos básicos del hogar, más no para que dos jóvenes alquilaran algún apartamento y cubrieran las necesidades básicas, mucho menos para lograr comprar algún apartamento o casa, así que para mí ésta era la principal razón por la cual ellos vivía aún con sus padres, de poder hacerlo yo también viviría con ellos todavía, sólo que me casé muy joven y tengo una hija (Anya) y me toca trabajar horas extra para lograr subsistir igual que mi esposo, mientras mi suegra cuida a la niña, al llegar cada noche paso a recogerla y nos vamos a casa, nuestro lugar seguro.

Publicado por Escritosoriginalesmanu

Hija, esposa, madre, docente de ❤ escritora en proceso, amante de la naturaleza, confío en un cambio intrínseco de la humanidad

2 comentarios sobre “SOSPECHAS INFUNDADAS por Manuela Sánchez

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