Hermana (por Ígor Collazos)

— Sí, madre, tranquila que no voy a regatear –dijo Sara impaciente, tras abrir la puerta.

Fue a la cocina y movió los interruptores principales. Solo unas pocas luces llegaron a encenderse. Aspiró a fondo y se dispuso a examinar la casa. Apenas conservaba vagos recuerdos de ella. Más de una vez había pensado que esos recuerdos quizás serían solo imaginaciones nacidas luego de escuchar algún comentario involuntario de su madre.

Siempre había guardado la esperanza de un regreso, sobre todo porque ella nunca había confiado en que obtendría una plaza en la Universidad de Florencia, donde se había formado, un tanto a la sombra del recuerdo de su padre. En algún monto pensó regresar sola, e incluso había barajado la idea con Adriano, cuando todavía solían pensar en un futuro para los dos. Pero Adriano había acabado por largarse y en el momento menos esperado la plaza llegó y con su padre ya fallecido y una madre retirada, en realidad no tenía mucho sentido conservar una casa a la que evidentemente ya nunca volvería. Y ahora cuando la agencia inmobiliaria había presentado una oferta formal Sara había sentido que cuando menos se debía un regreso, así fuera tan solo para consumar la despedida.

— Es que no has vivido allí –le había dicho unas cuantas veces su madre.

Y ahora al cruzar el umbral, tuvo la sensación de que por un instante alcanzaba apreciar un poco ese extraño desapego de la madre, o incluso esas ganas de deshacerse de una casa donde había vivido desde su nacimiento. Quizás el desasosiego nacía del indefinido clima que no alcanzaba a ser frío, pero incomodaba y exigía llevar abrigo a pleno sol, o tal vez se originaba en el incurable mal aspecto del oscuro moho que había carcomido las paredes de barro y parecía trepar por ellas hasta el entrepiso del desván, como una enfermedad terminal ya no tan oculta a los ojos.

— Hija, te entiendo muy bien, pero de verdad es una mala idea –había dicho la madre mientras Sara hacía su equipaje, la noche antes de tomar el vuelo.

Sara le había respondido en español, como cada vez que le reprochaba haber borrado de su vida todo aquel pasado que siempre la atrajo, quizás porque sentía que en Florencia nunca dejaría de ser la andinita. Pero ahora se encontraba con una casa por completo distinta de todo cuanto había imaginado. No se trataba de la convencional estampa de una casona llena de muebles cubiertos con sábanas de guardapolvo y escaleras de peldaños chirriantes. No era la evidente decrepitud de la casa lo que estremecía a Sara, sino más bien la sensación de que alguien, en algún momento, había salido de allí con prisa, incluso como huyendo.

Los muebles no se veían destartalados, sino más bien como recién usados veinte años atrás. Una olla conservaba algo como una pasta gris que quizás fuera los restos de un guiso que nunca nadie comió. Un armario conservaba viejos vestidos en ruina, que Sara no se atrevió a tocar temiendo que pudieran desbaratarse en sus manos y la mesa, puesta para la cena, estaba cubierta de un antiguo polvo moteado de pisadas de gatos.

Entró en la habitación principal. Sobre un mueble peinador, encontró una caja de fotografías. Pudo reconocer a su abuelo y a su padre, sentados a la mesa jugando dominó con dos extraños. Un grupo familiar mostraba a su abuela junto a varias mujeres, todas muy parecidas entre sí, quizás sus tías abuelas. Había una fotografía de una joven mujer amamantando a un niño, mientras se inclinaba sonriendo sobre un cochecito de mimbre. Quitó algo del polvo de la imagen y se estremeció al ver el gran parecido de la mujer con ella. Tenía que ser su madre.

— ¡Madre, mira esta foto! –dijo Sara tras activar el sistema de videoconferencia.

— Sal de allí de inmediato. Te dije que era una mala idea. –dijo la madre tajante.

— No entiendo qué te pasa, ahí se ve cuánto nos parecemos. Me voy a llevar esta foto y la voy a montar.

— Ni se te ocurra –dijo la madre, y colgó.

En ese momento, un gato saltó desde el jardín hasta el alféizar de la ventana. Sara se acercó al animal, mientras buscaba algún trocito de galleta en su bolso.

— Toma, toma –le dijo, pero el gato, luego de olisquear, se limitó a frotar su cabeza contra la mano de Sara y luego, tras contemplarla fijamente en silencio, trepó al mueble peinador y escaló por el espejo hasta escabullirse por dentro de una pequeña fisura entre las tablas del cielo raso.

Sara se entretuvo todavía un rato largo mirando las fotografías. Caía la tarde. Una triste garúa parecía anunciar una lluvia mucho más fuerte. Pensó por un instante que quizás convendría bajar ya al pueblo, a descansar en la posada que había alquilado al llegar. Pulsó el número del chofer que la había traído temprano, pero no obtuvo comunicación. Salió al frente para buscar señal para el teléfono. Cruzó al otro lado del camino. Desde el borde del precipicio vio el pueblo, muy lejos abajo en el valle, oculto tras un saliente de la montaña. Había dejado de lloviznar, pero el cielo tenía un inquietante color gris. Sara, al borde del barranco, miró las nubes y sintió una extraña desazón y la sensación de que mucho tiempo atrás había estado justo allí, llorando. Justo entonces comenzó a caer una leve pero helada lluvia.

Entró a la casa y encendió las luces. Fue a la cocina por una escoba. Barrió la habitación y se deshizo del polvo. Buscó un trapo y lo humedeció en un charco que se había formado con la lluvia. Limpió los muebles, la cama y el piso. Quitó el cubrecama y sacó de una gaveta del mueble peinador una sábana doblada que sacudió a fondo y usó para tender la cama. Se cerró el abrigo hasta el cuello y verificó el funcionamiento del bombillo principal de la habitación. Observó largo rato las fotografías hasta que, ya entrada la noche, cenó algo de galleta y se tendió en la cama.

Se dejó llevar por vagas reflexiones. Se preguntaba por qué su madre nunca había querido volver a esa casa y trataba de imaginar dónde vivirían aquellas mujeres que con seguridad tendrían hijos y tal vez nietos a quienes habría querido conocer.

Se preguntaba por qué su madre nunca le explicó cómo fue que una mujer oriunda de un remoto pueblo andino había acabado casada con un lingüista checo, profesor de una universidad italiana. Se preguntaba por qué, apenas llegar a Italia, su madre había abandonado a su esposo y se había encerrado a trabajar día a día como encargada de una bodega, sin hablar con nadie ninguna otra palabra que no fuera, “buenos días”, “¿qué desea?”, “aquí tiene” y “gracias”.

Verificó su teléfono. Grabó un mensaje esperando que se enviara al restaurarse la señal:

“Madre, cada vez te entiendo menos.”

Y en ese momento oyó una voz. El llanto de un niño que llamaba con un grito lastimero y un tanto cruel.

— ¡Ma! –decía– ¡Ma!.

“El gato” –pensó, mientras levantaba la sábana para envolverse en ella, aun dejando el colchón desnudo. Pero en lugar de sentir un poco de calor, la sábana sólo parecía enfriarla todavía más. Se sentó apoyando la espalda en la cabecera de la cama y recogiendo sus piernas. Tomó la caja de fotografías y como dominada por un repentino instinto rebuscó entre ellas hasta volver a la imagen de su madre amamantando. Al contemplarla se preguntó con un escalofrío, si ella estaba en sus brazos de su madre en aquel momento, entonces a quién le sonreía ella en el cochecito.

— ¡Ma! –dijo el gato.

Sara se levantó y frotó sus manos.

— ¡Ma!

Tomó la escoba y golpeó el techo, pensando hacer salir al gato para tenerlo en sus brazos. Lo imaginaba tibio y terso.

— ¡Gato!

— ¡Ma!

Golpeó de nuevo el techo y guardó silencio.

Escuchó unos pasos que se dirigían por el techo hacia la cocina. Salió del cuarto tras ellos. Llegó a la cocina. Miró al techo y descubrió una pequeña trampilla. La abrió. Adentro estaba oscuro. Tanteó por el borde del marco de la portezuela y encontró un interruptor.

— ¡Ma! –dijo el gato con voz lastimera.

Encendió la luz. Y allí, sentado ante ella, sonriendo todavía lloroso, un niño la miró y alargó hacia ella sus brazos desde un cochecito.

Publicado por Escritosoriginalesmanu

Hija, esposa, madre, docente de ❤ escritora en proceso, amante de la naturaleza, confío en un cambio intrínseco de la humanidad

2 comentarios sobre “Hermana (por Ígor Collazos)

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