Hibernación

Hoy con mucho gusto les informó que por estos lados vamos creciendo y esto es debido a que se nos van sumando colaboradores, en esta oportunidad nos acompaña mo querido amigo escritor Ígor Collazos. Espero que disfruten de sus escritos.

Daria estacionó el deslizador robado detrás de un promontorio nevado, apagó las luces y activó el difusor térmico. Una luminosidad rojiza brotó del vehículo y la nieve que lo rodeaba comenzó a derretirse, formando una cavidad ovalada en la cual, lentamente, se hundió hasta quedar por completo oculto a la vista.

Ajustó su traje de terciopelo inteligente al máximo nivel de protección, abrió la puerta trasera del deslizador, extrajo una palanca de hierro y un par de turbo-esquíes y trepó hasta poder asomarse a la vasta superficie nevada. Al pie de la ladera norte del cráter de Xanthe, las luces del centro de entrenamiento de minería orbital se proyectaban hacia el tenue manto de nubes, dándoles el aspecto de anunciar una tormenta. Calculó el tiempo que tardaría en llegar al sitio, justo el necesario para ingresar a la hora del cambio de guardia. Aseguró la barra de hierro con una cinta de velcro, se calzó los turbo-esquíes, los activó a media potencia y partió.

Contaba tan sólo con esta única oportunidad. Si Lanus la hubiera escuchado. Tantas veces había insistido que se sacara esa idea de la cabeza. Pero no podía culparlo. Vida de marciano, como se solía decir. Y sin embargo, no hubiera sido preciso hacer todo ese esfuerzo. Claro que ni siquiera sumando los dos salarios hubieran podido comprar una habitación en Tharsis oeste. Habrían tenido que conformarse con un alquiler de por vida y además resignarse a la esterilización forzosa. Comprendía a Lanus, pero no podía hacer a un lado la persistente idea de que todo se había venido abajo aquel domingo, cuando subieron a caminar por las azoteas frutales y a ella se le escapó ese deseo de tener una casa propia.

Ahora ya estaba condenada. Estaba convencida de que en más de una ocasión, sobre todo las últimas semanas, el rastreador emocional la había marcado como sospechosa. Quizás todo se resumiera en una crisis de paranoia persecutoria, pero habría jurado que no era una mera casualidad que, los últimos días sólo había conseguido asiento en el comedor frente a las cámaras de seguridad. Incluso, dominada por la angustia, apenas comía y evitaba tratar a los otros empleados de la cámara de radiología.

Le costaba creer que control central, incluso tras haber empleado en ella de forma recurrente el rastreador, nunca la hubiera detenido. Había sido una fortuna encontrar la nota de despedida justo la noche anterior a su día de descanso. Claro que había llorado, no solo por la ausencia de Lanus, sino porque comprendía que sólo tendría una única oportunidad de liberarlo. No podía fallarle. Durante las semanas que duró el entrenamiento, siempre hizo lo posible por sobreponerse a la ansiedad o cuando menos disimularla sembrando aquí y allá la idea de que solo la agobiaba el despecho.

Hasta esta semana, cuando lo vio llegar ante ella, hibernando en su cápsula de sostén vital, inmerso el cráneo en una translúcida gelatina azul, pálido por la reducción del flujo de sangre y apenas respirando con los ojos abiertos fijos en la nada.

No pudo entonces evitar llorar, pero ahora pensaba en cuánta suerte había tenido porque justo en ese momento, los otros camilleros habían salido por un instante a buscar café, de modo que ella pudo abrir por un momento la coraza transparente y acariciar y besar el rostro de Lanus, tal vez por última vez.

Qué idiota había sido –y qué terco. Bastante le había precavido de todos aquellos anuncios que prometían tras sólo cinco años de servicio una vivienda propia y un puesto de trabajo vitalicio.

— ¿Cuándo has visto tú alguien que haya regresado del Aragosta? –preguntaba ella.

Pero Lanus insistía que a todos los reubicaban en el hemisferio norte, en el remoto Albor Tholus.

Algún día se sabrá, pensó con una sensación de asco o de simple amargura. Pero ahora se reprochaba no haber hablado a tiempo. Claro que la hubieran detenido, quizás ejecutado. Pero al menos a Lanus no le habrían hecho todo aquello.

Debió haberse dado cuenta. Los últimos días había sido tan evidente. El, tan retraído y tan abocado a poner en orden sus asuntos. Pero ella no había querido verlo. Tal vez por eso aquella tarde al encontrar el hogar vacío, no había tenido siquiera que leer la nota. Bien adivinaba lo que anunciaba y, por supuesto, preveía cuántas semanas tendría que resistir hasta alcanzar justo este momento cuando, tras robar el deslizador de los dueños del café, había volado hasta las inmediaciones del centro de entrenamiento de minería orbital, se había calzado los turbo-esquíes, había traspasado el cercado de microondas, rodeado el centro de entrenamiento y traspasado el umbral trasero hasta ocultarse junto a la salida de los desechos.

Se preparó mentalmente por última vez. Recordó la ubicación de las cámaras de circuito cerrado. Contó mentalmente los agentes de seguridad y los ubicó a cada uno en su puesto de vigilancia.

Respiró a fondo, se descalzó los turbo-esquíes, caminó con paso resuelto al acceso de suministros, pulsó el sistema de reconocimiento dactilar y abrió la puerta.

Se activaron las alarmas. Corrió por el pasillo central hasta la sala de reinicio mnemónico. Atravesó la sala de espera en diagonal y salió hacia la sección de entrenamiento virtual. Tomó las escaleras al tiempo que escuchaba los pasos y gritos de los cuatro agentes que desorientados se preguntaban a dónde querría ella dirigirse.

— Control, informe de la posición de la sospechosa.

— Va al sector de hibernación.

Daria corrió por el corredor lateral, dobló dos veces a la derecha y una a la izquierda y se encontró frente a una puerta doble. Intentó abrirla. Como había previsto, estaba asegurada. Tomó la barra de hierro, incrustó su lado afilado en la rendija central, empujó dos veces a fondo y luego hizo fuerza a un lado. La puerta cedió. Entró. Atrancó la puerta introduciendo la barra de hierro por detrás de los tiradores de la puerta. Buscó el interruptor principal y apagó las luces.

La sala tenía ocho crujías en las que hibernaban los mineros. Un tanto inclinados, reposaban en ataúdes poliédricos de titanio y vidrio. Sabía que había un total de 320. Divididos en ocho bloques daba un total de cuarenta mineros por fila. Corrió a la quinta fila, posición 36. Comprobó el número. La cápsula de sostén vital manaba un tenue resplandor azul celeste. Delante del pecho, un tablero de luces mostraba los signos vitales. A un lado brotaba un atado de cables que aseguraban la vida del minero.

Los agentes no tardarían en llegar.

Pulsó el botón de reanimación.

— 10 segundos para reanimación –indicó una voz sintética.

Daria escuchó con atención. Dentro de ella se agolpaban en un mismo instante las noches que había pasado junto a Lanus, las largas caminatas por las azoteas frutales, las raras veces en que salían a cenar escabeche de tofu rosado en el café del tercer sótano.

— 5 segundos para reanimación.

Escuchó como los agentes golpeaban la puerta intentando forzarla.

— ¡Rápido! ¡Rodeen la sala!

— 3 segundos para reanimación.

Daria levantó la coraza acristalada. Los ojos de Lanus comenzaron a moverse aunque resultaba claro que todavía no transmitían imágenes a su cerebro.

— 2 segundos, 1 segundo. Reanimación completa.

Lanus volvió en sí.

— Mi bello amor –dijo ella.

— ¿Dónde estoy?

— Estabas hibernando. Vine a salvarte. Te hicieron algo tan horrible. Nunca los voy a perdonar –dijo Daria llorando.

— No entiendo. ¿Qué pasa?

— Tranquilo mi amor. No hay tiempo. Me vienen siguiendo. Te amo tanto. Perdóname.

Lo abrazó, lo besó y sollozando arrancó los cables de alimentación de la cápsula de sostén vital.

Para leer este y otros relatos de Ígor pueden visitar su página en médium https://igorcollazos.medium.com

Publicado por Escritosoriginalesmanu

Hija, esposa, madre, docente de ❤ escritora en proceso, amante de la naturaleza, confío en un cambio intrínseco de la humanidad

3 comentarios sobre “Hibernación

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