Los lunes me gustaba acariciarte la espalda unos minutos antes de que sonara el despertador. También era el día que más te costaba salir de la cama y susurrabas suplicando por cinco minutos más, cuando yo por ti habría dado todos los años que me quedan. Los calendarios a tu lado eran trescientas sesenta y cincoSigue leyendo «Lunes»