Desgranaban los días últimos del invierno, cuando una familia (dos padres jóvenes y su hija), recién llegada a Guayana, marcó de por vida la «Casa de los Morichales». La más joven despertó sobresaltada esa fatídica noche por un estridente ruido, producto del cristal al besar el impávido suelo. Alguien o algo había entrado. Se asomóSigue leyendo «La casa de los alaridos por Enner Ágreda»