Caer sin retorno

Por: manuEscritos

Era un día soleado y hermoso, ella se asomó al balcón como cada día, pero un impulso esta vez la hizo subirse al borde de la baranda, mirando fijamente el suelo que estaba unos 10 pisos por debajo.
Los árboles verdes que estaban en el fondo del patio parecían saludarla, y las aves que volaban en el cielo parecían invitarla a volar con ellas.
Volar… Ese siempre había sido su sueño, remontarse en las altas nubes sintiendo el aire fresco juguetear entre su cabello, respirar profundo y saber que jamás había experimentado esos aromas tan exquisitos de la libertad, libertad tan anhelada.
Inhaló profundamente sintiéndose libre por fin y se dejó caer.
Su niñez había sido un poco difícil, su padre había abandonado a su madre en cuanto quedo embarazada de ella, esas cosas que pasan cuando las acciones no son planificadas, sino más bien una cuestión de gustos e impulsos, de momentos entregados a la locura; de polvos, piedra, cigarros, copas derramadas y botellas rotas.
Su madre tomando un poco de conciencia se había alejado de ese mundo luego de saber que estaba en cinta, entregándose a los caminos del Señor para rectificar la senda.
Ella había crecido en ese mundo de la iglesia, asistiendo cada domingo al Ministerio a escuchar la palabra del pastor, algo que en unos años ya termino aburriéndola.
Cuando llegó a la adolescencia se convirtió en una joven rebelde; que no quería saber de consejos, estudios ni recomendaciones de nadie, mucho menos de su madre, a quien le reclamaba: bastante que disfrutas te tu vida e hiciste lo que te vino en gana y a mí no me dejas vivir! Déjame ser!!!!
La madre por más amor que le tenía decidió dejarla, y que aprendiera ella por sus medios lo que debía aprender, lo que era realmente la vida.
Se aventuró al mundo, dejándose consumir por todo aquello que le daba placer, esas cosas que cuando uno está en la calle consigue fácilmente, esas mismas cosas de las cuales habían tratados de alejarla desde que fue concebida.
Se sentía tan llena por momentos y tan vacía en tantos otros, había tomado la decisión de su vida.
Las luces coloridas de la ciudad durante la noche hacían que su rostro se viera tan majestuoso como en otras épocas, un maquillaje sencillo que la diferenciaba de las demás. Vestía de forma provocativa, con un vestido rojo con encajes que mostraba más de lo que ella quería y que prometía a muchos lo que ella tanto añoraba olvidar.
Se paraba en aquella esquina, la misma de cada noche esperando clientes, se vendía por una mísera paga.
Su rostro mostraba tristeza, pero cuando se detenían los clientes ella se transforma, pícara, sensual, se sonreía con ellos y les mostraba un poco de lo que podían conseguir en aquella noche; varias noches con descuento por hacerse cliente habitual, esperaba que en realidad llegara un príncipe azul, un hombre que no le importara su pasado o lo que había sido, que la sacara de su mísera vida y la llevara a vivir a una mansión elegante, lejos de “Brown” el chulo que la controlaba y que la golpeaba constantemente,
–No dañes la mercancía que los clientes no pagan por ella si está en mal estado. Es la única respuesta que ella puede darle.
Aquella noche como siempre esperaba que él llegara, la invitara a subir a su auto último modelo y aunque sea un fetichista, ella estaría dispuesta a conceder todos sus deseos, con tal de salir de aquel lugar y evitarse más malos ratos.
La mayoría de los que la buscaban eran hombres jóvenes, necesitados de la experiencia que ella había adquirido en las calles y que demostraba incansablemente, dejándolos a todos satisfechos de lo que buscan, la clásica experiencia de la novia, pero con un “happy ending” que la llenaba cada vez más de indignación.
–Son todos tan básicos, quieren todos lo mismo sin variación, que al principio sea sumisa y luego saque la fiera que ellos necesitan y terminan siendo sometidos, dice en voz baja mientras camina hacia el baño de la habitación y enciende un cigarrillo.
Cada día que pasaba era igual al anterior, la monotonía la tiene al borde de un abismo. Ese mismo de donde ahora ha saltado finalmente.
Llega la noche, se baña, se viste y sale a la calle, a la misma esquina de siempre a esperar de nuevo y a fingir cosas que no la llenan ni le dan placer.
–¿Cómo he caído en esto?, ya no recuerdo como comenzó, es algo tan lejano ahora.
Otra noche de trabajo ha terminado y su amor platónico no apareció, una cena que a penas puede comer, con recuerdos taciturnos de lo que era su vida anterior, entregada a la desgracia de su vida actual, se acerca de nuevo al balcón, ese que le hace respirar profundo y sentirse despejada mirando al fondo, donde los árboles nuevamente la saludan. Se sube al borde y una vez más se deja caer en vuelo libre
Sintiendo que caía, aguantaba la respiración para no ahogarse, pero el vacío la iba atrapando poco a poco
la ciudad debajo camina descalza, deslizándose sus habitantes como hormigas en busca de comida para pasar el invierno.
Sin saber que ella, sobre ellos caía
Pedazos de su ser se desbordaban sobre ellos, los gritos silentes, desesperados buscaban atención, nadie escuchaba.
El agua, en la cual cayó, la traga hasta el fondo, cae y cae como si un peso atado a sus pies no dejara que su cuerpo saliera a flote
El bullicio de la ciudad no para, mientras ella, tocando fondo, despierta sudorosa y desesperada, buscando respirar.
Se sienta en el borde de la cama, respirando profundo en soledad. La proyección de su vida en un sueño.
Caer sin retorno

Caer sin retorno
Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar