La Parra de la vieja casa

El aire denso de la tarde olía a tierra húmeda y a fantasmas olvidados. Después de una eternidad suspendida en el tiempo, al fin regresé. La casa de mi niñez me recibió con un silencio espectral, como si contuviera el aliento esperando este instante.El parral, antaño un dosel verde y frondoso que tejía sombras frescas sobre el patio central, ahora era un esqueleto de ramas desnudas. Sus hojas, antes un escudo contra el sol inclemente, se habían rendido a la danza otoñal, dejando jirones amarillentos colgando lánguidamente, incapaces de ofrecer refugio alguno. La luz mortecina del atardecer se filtraba entre sus huecos, pintando el suelo de melancolía.Una bandada de recuerdos, como pájaros asustados, revoloteó en mi mente al cruzar el umbral. Vi la imagen nítida de mi pequeña yo, sentada bajo aquel manto verde, con las manos manchadas de savia. La poda anual era una fiesta, una algarabía familiar donde las risas se entrelazaban con el crujido de las tijeras y el dulce aroma de las uvas incipientes.—Mamá, llegamos… —La voz me salió un susurro inseguro, quebrándose en la quietud. La memoria de mi madre era ahora un laberinto confuso, y su respuesta, una incógnita dolorosa.Tomé un respiro profundo, aferrándome a su mano tibia y frágil. Sus dedos huesudos se entrelazaron con los míos, buscando un ancla en la deriva del tiempo.Caminó con pasos lentos y vacilantes hacia el portal. Su mano temblorosa se elevó y rozó la áspera corteza del parral. En ese instante fugaz, como si un interruptor oculto se hubiera activado, una luz clara y vibrante danzó en sus ojos nublados.—Estoy en casa —murmuró, la voz apenas un hilo, pero cargada de una certeza infantil que me atravesó el alma.Una sonrisa tenue floreció en sus labios arrugados, y la vi retroceder en el tiempo, a aquel día lejano bañado por el sol de la infancia.—Recuerdo bien aquel día —comenzó a decir, su voz ahora más firme, teñida de una dulce nostalgia—. Cuando podábamos juntas, allá arriba, en la parte más alta donde casi no alcanzaba. Me subí a la escalera, tan decidida a cortar esa rama rebelde… Detrás, en aquella esquina, había una losa marmoleada que siempre me atraía, tenía un brillo especial. Fue entonces cuando la escalera se deslizó sin previo aviso, y caí al suelo como un aguacate maduro —soltó una risita suave y cristalina, como el tintineo de campanillas olvidadas.—Mila, hija, tráeme un té, que me quedo aquí sentada —pidió, sus ojos fijos en el parral desnudo—. Por cierto, esta parra está muy fea, deberíamos recortarla. Así, para diciembre, tendremos las uvas listas.Su mirada se desvió hacia un punto específico del patio, un rincón bañado por la sombra alargada de la tarde.—Y allá, en aquel cuadrito de loza marmoleada, está el poema que tu papá me escondió.Mis ojos se anegaron de lágrimas silenciosas al escucharla. La bruma en su mente se había disipado por un instante, revelando un recuerdo precioso, un lazo invisible que aún la unía a este lugar. En ese momento, supe que, a pesar del tiempo y la distancia, ella verdaderamente había regresado a casa. Su corazón, aunque fragmentado, reconocía el eco familiar de este patio, la sombra espectral del parral y el secreto susurrado en una losa de mármol.

Publicado por Escritosoriginalesmanu

Hija, esposa, madre, docente de ❤ escritora en proceso, amante de la naturaleza, confío en un cambio intrínseco de la humanidad

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