El infierno de los artistas Acto IV (la colita del diablo)

Acto IV: Soliloquio de un Artista

Subió el telón y de nueva cuenta aparecí en el escenario.
El público me ovacionó de pie, intentaba recordar mis líneas pero me era imposible, estaba muy emocionado, con la mente en blanco, con las piernas temblando y sudaba un poco de lo nervioso
que me encontraba.
Era momento de improvisar. Sonreí y comencé a hablar ante un público igual de emocionado que yo:
La última de mis noches en el Paraíso, justo antes de llegar aquí, recordaba con nostalgia lo que había sido en mis vidas pasadas. Recuerdo lo mucho que disfruté siendo actor de teatro, recuerdo haber sido una diva de voz prodigiosa y también fui un habilidoso mago amante de los
títeres y artes oscuras.
En todas y cada una de mis vidas fui malo, dicen que fui como un gato, astuto y paciente, un destructor de almas pero ahora me tocó perder y ser el entretenimiento de Lucifer. Ni una línea atrás, ni una línea hacia adelante, no me arrepiento, me lo merezco.
Entre paredes blancas me muevo, ojalá pudiera sentir una vez más el viento golpeándome la cara, ojalá pudiera escuchar una vez más las olas del mar rompiendo en la playa, ojalá pudiera
mirar una vez más a los indomables corriendo entre las olas doradas, ojalá pudiera encontrarme con los seres que viven bajo el mar.
Recuerdo cuando maté a los perros, disfruté tanto verlos sufrir, desmembrarlos uno a uno fue un placer que nunca olvidaré, Lucifer dijo que pronto tendría mi recompensa, pero no, yo no espero, ni quiero, nada.
Recuerdo cuando pisé todas las flores del jardín de la abuela, pero, ¿Quién en su sano juicio disfruta de hacerle daño a un niño?, los devoré, uno a uno, disfruté de su sabor lechoso, de su inocencia y con cada una de sus lágrimas sacié mi sed.
Loco, me llamaron, me ataron de pies y manos y me aislaron de la luz, me dejaron sin agua ni alimentos, pero me mantuve vivo, devorando cada uno de mis sueños una y otra vez, yo nunca le tuve miedo a la muerte, menos al Diablo que reina en él.
La última vez que pude contemplar mi imagen fue en un espejo roto manchado de sangre, quizás de algún animal salvaje que quiso hacerme daño, quizás de algún humano, pero sólo era eso, sangre.
Fue un proceso doloroso cuando sacaron el gusano gordo que vivía en mi ojo ¡espantoso!, me sentaron en una silla y me ataron de pies y manos. Una a una arrancaron todas mis uñas, grité
tanto como los niños que alguna vez devoré, pero no fui escuchado.
Dios no se encontraba, había perdido en otro absurdo juego de cartas, sí, así suele solucionar sus problemas, he visto hacerlo varias veces y la mayorías de las veces, intencionadamente, pierde.

Yo era un dulce corderito, con los ojos color carbón, que paseaba delirante por los pasillos del Edén, pero Dios me sacrificó, tomó mi cuerpo y me hizo daño, lo recuerdo bien, fue una tarde de otoño, me colgó de los pies en la rama de un árbol y me obligó a mirar el abominable atardecer.
Dios me abandonó después en un basurero, un vagabundo tomó mi cuerpo y repetidas veces abusó de mí, pero el Diablo me despertó, me dio las fuerzas necesarias y lo hice caldo, todos disfrutaron de un gran banquete.
Cuando la Navidad llegó, yo estaba llorando en el baño, había nacido el Salvador, el mismo que años atrás me había abandonado. Lo hice caldo también. “¡Pero que sabroso!”, decían, mientras se chupaban los dedos.
No recuerdo haber sido feliz, no como cuando estuve en el teatro, todas mis historias eran geniales y yo era amado.
¡Yo era amado!
Al término de mis palabras el público de nueva cuenta se puso de pie, eufórico ovacionaba mi nombre, yo estaba sorprendido, sólo conté lo que en vías pasadas disfruté.
El telón bajaba y yo en ese momento, con el corazón acelerado, era simplemente un diablo amado y nada, nada extraordinario.

Publicado por Escritosoriginalesmanu

Hija, esposa, madre, docente de ❤ escritora en proceso, amante de la naturaleza, confío en un cambio intrínseco de la humanidad

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