El infierno de los artistas, acto III (la colita del diablo)

ACTO III. El Titiritero


El último número estaba por comenzar, había llegado con el tiempo justo, me abrí paso entre la multitud y las butacas, tenía un buen lugar, desde el cual podía observar una gran cantidad de niños
pero que no superaba a los adultos.
Las luces se apagaron y una sola iluminó el escenario en donde había únicamente un espejo, uno antiguo pero elegante, enmarcado en un hermoso cuadro de madera tallada con finas flores por
todo su alrededor y un par de ángeles en la parte superior, mientras en el inferior una luna menguante con cara de mujer.
En la sala se hizo un silencio incómodo, todos mirábamos con gran especulación hacia el espejo, algunos niños se empezaban a impacientar y las señoras elegantes y perfumadas comenzaban
a murmurar entre ellas mientras sus maridos esperaban pacientes.
Yo me había concentrado tanto en el espejo que podía sentir como los ángeles y la luna tallados a su alrededor me devolvían la mirada, me hacían sentir un tanto perturbado pero también expectante y al mismo tiempo me hacían perder la paciencia, supuse que era una cuestión emocional, algo más relacionado con la imaginación.
De un parpadeo apareció un niño en el espejo, atado del cuello, de pies y manos, con el rostro lleno de sufrimiento, con los ojos suplicantes por ayuda y una emblemática sonrisa para disimular y
aparentar que nada dolía. Vestía pantalones cortos en color verdoso, una camisa de rayas, tirantes y medias doradas hasta las rodillas y zapatillas de color rojo.
Una nube de humo se elevó por el escenario al tiempo que el espejo giraba, ante la mirada atónita el espejo cambió, en la parte superior un sol y a los costados los rostros de personas que parecen gritar de dolor, mientras que en la parte inferior se podían notar las fauces de una bestia
diabólica.
Desde ese momento, el espejo ya no se encontraba sólo en el escenario, frente a él estaba de pie un niño que parecía ser de carne y hueso, con el cuello y las extremidades sujetas por cuerdas
gruesas que subían hasta desaparecer en la oscuridad del techo donde era manipulado por un habilidoso titiritero.
Bailaba gracioso, de un lado a otro del escenario, caminaba enjundioso y parecía tropezar, mientras todos soltaban carcajadas, pero a cada paso, en cada movimiento, en su rostro se reflejaba
agonía y culpa, aquel no era una simple marioneta era un niño de verdad. Su mirada suplicante se clavaba ante mis ojos, me pedía parar el show pero el miedo me invadió y no hice más que desviar la
mirada y fingir que nada estaba pasando.
Fue cuando me percaté que un niño regordete, de dientes chuecos y amarillos, de orejas puntiagudas y sonrisa malévola, se giró en su butaca y mientras me veía se llevó el dedo índice a la boca haciéndome la señal para guardar silencio, mientras un viejo canoso, de facciones grotescas me
tocaba el hombro y me decía con bastante tranquilidad
-¡Hombre!, lo están disfrutando

En un instante, de nueva cuenta una nube de humo se levantó por el escenario y al disiparse apareció un hombre flaco y alto, vestido de traje y sombrero elegante, con mirada misteriosa y sonrisa satisfactoria, era extremadamente guapo y tenía a todo el público emocionado y aplaudiendo su acto.
Sutilmente y elegante, con la mano derecha giro de nueva cuenta el espejo, mientras me señalaba con la mano izquierda, comprendí que el niño en su próximo acto sería yo cuando tenía ocho
años, me miré atrapado en el espejo, suplicante, asustado, atado del cuello, de pies y manos, con las articulaciones dislocadas, a merced de un habilidoso titiritero.
Asustado me aferré a mi butaca, mirando como el niño diablo se burlaba, mientras el público aplaudía sin entender que esto era más que un show de magia.

Publicado por Escritosoriginalesmanu

Hija, esposa, madre, docente de ❤ escritora en proceso, amante de la naturaleza, confío en un cambio intrínseco de la humanidad

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