
ACTO II. Diva
Aquella noche había sido la mejor de todas, durante todo mi acto canté con pasión y soltura, aplicando las mejores técnicas y la experiencia que con los años había adquirido en el escenario, fui
excepcional, grandiosa y maravillosa, ninguna persona, en muchas años podría igualar todo lo que yo representaba y todo el talento y técnica que poseía.
Mi rango vocal, mi técnica y mis notas, fueron limpias, yo fui perfecta, mi acto fue perfecto.Pero el público no me ovacionó, ni tampoco les emocionó mi presencia en el escenario, para ellos esa noche fui una cantante cualquiera, una persona que rellena el escenario y nada más, aquella
noche nadie aplaudió, nadie cantó mi nombre, sólo perduró el silencio incómodo.
En las profundidades de mi pecho pude sentir como mi pequeño y cansado corazón se estrujaba, sentí como mi alma se hacía pedazos mientras el telón bajaba y yo me criticaba, yo me destrozaba, “¿Qué sucedió?” Me preguntaba una y otra vez.
Aquella noche dudé de mis habilidades, de mis pasiones, incluso de mi propio ser y mi esencia única, aquella noche dejé de ser una magnífica reina y me convertí en una mujer ordinaria, era común.
Entonces renuncié a todo lo que daba color a mi alma, no tenía nada, no había motivos, me fui a la cama pensado en alguna forma de recuperar a mi público, mi escenario y de cómo despertar
de nuevo mi talento, yo quería sentir otra vez la emoción que transita por todo el cuerpo cuando el público grita mi nombre, yo quería sentir una vez más la emoción que impera en el escenario cuando cientos de personas me escuchan cantar y conmigo cantan mis canciones.
Con el alma desnuda y la emoción a flor de piel mientras lloraba en mi cama, en mi momento más vulnerable, el diablo se apareció y a mis oídos me susurró su maravilloso plan. Prometió que mi
nombre jamás sería olvidado.
La siguiente noche, de vuelta en el escenario, el gran número iniciaba, éramos 30 en escena, la música sonaba, bailábamos y yo cantaba, había vuelto de entre mis cenizas, “las divas nunca
mueren” pensaba.
La gran multitud ovacionaba mi nombre, entre ellos mi padre, mi madre, mis hermanos, mis hijos, mi novia, mi esposa, mi amante, mi novio, estaban también mis mejores amigos, viejos conocidos y uno que otro compañero del colegio y gente que sólo vi una vez. Cantaban y bailaban un ritmo que no había experimentado antes.
En la última fila, en el palco más alto, un anciano escuchaba entretenido, le sostuve la mirada el tiempo suficiente para entender la señal: lee las pancartas, guiñó un ojo y sonrió maliciosamente, mostrando los dientes chuecos y amarillos.
Eran mensajes de odio, críticas hacia mi cuerpo, mi personalidad, palabras crueles que habían marcado mi infancia, palabras duras que habían aniquilado mi amor propio, insultos con los que olvidé mi inocencia y al fijarme bien noté que todos tenia rostros diabólicos, sonrisas macabras, cuernos y orejas largas.
La luz se apagó y la música paró, la mejor parte del show estaba por comenzar.
Con intensidad la música y las luces volvieron, abrimos fuego, disparamos hacia la multitud, todos gritaban, pude darle un tiro en la frente de mi padre y uno en el pecho de mi madre. Cantamos
y bailamos eufóricos mientras el anciano en la última silla, del último palco, comenzó a reír fuertemente dejando al descubiertos sus dientes, en ese instante lo entendí todo, las armas, la sangre y las balas ¡eran reales!, nada era de utilería, había cometido una masacre, había disparado en contra de todos los que se suponía amaba y lo peor es que no podía parar, realmente lo disfrutaba.
Maté a los que amaba y ahora consideraba que nadie era mejor que yo, el show terminó entre reflectores, euforia y sangre, fue mi última canción. Con aquella matanza había firmado mi contrato
con el Diablo, era la mejor cantante y nadie nunca me podría superar, a partir de esa noche fui una diva inalcanzable, una diosa inolvidable, fui extraordinaria.
Cuando mi cuerpo murió, aún era recordada por mi gran hazaña, nadie nunca olvido mi maravillosa voz, nadie olvidó mi acto tan atroz, cuando mi alma llegó al infierno, todo cambio, fui
recibida con ovaciones, con aplausos y con las marquesinas que anunciaban mi gran acto.
Ahora canto eterna en la antesala del Diablo, soy su mejor número cuando tiene días malos, toco el piano mientras cargo en mis hombros los nombres de todas aquellas personas que murieron
por mis manos y que me hicieron grandiosa. Extraño un poco a mi padre y extraño menos a mi madre, no me arrepiento y sigo tocando y me consuelo diciéndome que las divas nunca mueren cantan canciones eternas que el Diablo disfruta escuchar.