
Aquel hombre gritaba cada noche desde su habitación
Era delgado y despeinado, sin afeitar. Exhortaba a alguien a mirarlo, desafiándole cual Quijote a los molinos de viento.
Abrí la ventana de mi habitación y grité: ― ¡ya, déjame dormir maldito loco!―. Su gesto en la distancia me sobrecogió
Entonces, escuché una detonación, muy cerca. De pronto, sentí que mi sien ardía y vi como un chorro de sangre salpicaba mi pared.
Aquel hombre gritó mi nombre ― ¡Santiago! ― Llevaba mi pijama puesta, y al darse cuenta de que lo miraba, me mostró el dedo del medio y corrió la cortina.
Tirado en el suelo, pistola en mano, ya sólo pude oír llegar las sirenas.