
Aquella tarde de julio, ya casi terminando el mes, el verano en el centro de París era sofocante; casi 32°C de temperatura, era algo fuera de lo normal, porque las máximas temperaturas solían ser de 24°C. Esto agobiaba a los transeúntes que se dirigían a sus casas tras una larga jornada de trabajo.
Los turistas, iban con ropa muy ligera, de algodón y aun así, se agolpaban en la Plaza de la Concordia y el Obelisco egipcio, muy cerca de sus fuentes, para intentar refrescarse.
Pedro, había terminado su turno en aquella oficina de tele-mercadeo. Adrienne, su amiga de la facultad, le había conseguido trabajo en la empresa de su hermano Patrick donde buscaban a alguien que hablara español e inglés. Pedro, adicionalmente, hablaba italiano y un poco de portugués. Su abuelo, Pietro Gomes, fue un inmigrante que llegó a Venezuela y trabajó desde los 28 años en una finca, en el estado Táchira, sembrando hortalizas y ahí conoció a Magdalena Sánchez la cocinera, una gocha de pura cepa, con ese carácter testarudo y una sazón inolvidable.
De esa unión, nacieron Roberto Carlos y María Teresa, la madre de Pedro, quien se casó con Mario Lombardo el dueño de la panadería del pueblo. Así, Pedro creció escuchando a su abuelo hablándole en portugués y a su padre en italiano.
El inglés lo aprendió cuando don Mario, después de haber ahorrado durante 3 años, lo envió a estudiar seis meses a Inglaterra, donde vivía un buen amigo de la familia quien era el padrino del joven. Pedro aprovechó al máximo aquella oportunidad y al volver continuó estudiando por su cuenta para mejorar y optimizar aquel idioma.
La estación Châtelet-Les Halles en Francia queda en el centro de París debajo del Centro comercial del Foro de Halles. Curiosamente, las columnas enormes de su arquitectura generan cierta inseguridad porque impiden la visión plena del usuario.
Pedro ya se había habituado a aquel tumulto de gente, bajando por las estrechas escaleras. Su primer contacto con un tren subterráneo lo tuvo en Londres cuando su padrino Fabrizzio Trotta lo llevó de paseo en el metro más antiguo del mundo.
En la finca donde creció, la vida era apacible y él, se dedicó a los estudios ya que sus padres querían que saliera de ahí a recorrer el mundo y aunque en las vacaciones trabajaba con el abuelo en el campo y con su padre en la panadería, invertía mucho tiempo leyendo y poniendo al día sus deberes. Cuando finalmente se recibió en la escuela de Comunicación social, fue contratado por la empresa en la que hacía sus pasantías como reportero de noticias.
Corrían tiempos difíciles en el país y tuvo que emigrar porque todos los periodistas y reporteros estaban siendo perseguidos. Tras una situación muy comprometida de mucho peligro, donde casi pierde la vida en un enfrentamiento con las fuerzas policiales, estuvo escondido por 2 meses y luego su padrino y su familia lograron montarlo en un avión a Francia.
Al llegar a ese país, lo recibieron miembros de una organización pro derechos humanos, quienes lo ayudaron a resolver el tema legal bajo la figura de perseguido político. Allí conoció a Arianne y se hicieron buenos amigos, empezaron a intercambiar talentos y finalmente Pedro consiguió entrar a la facultad para hacer un Diplomado en Gerencia de la comunicación efectiva.
El hecho de hablar otros idiomas le facilitó aprender el francés rápidamente, además era muy disciplinado y se propuso dominarlo a la brevedad, porque necesitaba emplearse para poder mantenerse. Así pudo concursar para el puesto
en la empresa de Patrick.
Habían pasado 3 años, desde el día en que se marchó abruptamente de su país. París era una ciudad fascinante pero como todas las grandes metrópolis en las horas picos, aturdía a quienes no estaban acostumbrados a aquel movimiento.
Pedro, miró su reloj y murmuró: ― “¡ay no!, llegaré tarde a la casa otra vez, ¡merde!”. Entró al vagón casi arrastrado por la multitud y sintió el vapor humano concentrado en aquel espacio abarrotado de gente.
Ajustó su morral y colocó los audífonos, consiguió sentarse en un puesto que un pequeño niño que creía haber visto antes, le ofreció frente a la salida, mientras veía como las puertas se cerraban, sintió entrar en un vórtice, que lo desprendió de aquel espacio mientras la música del “playlist” en su dispositivo parecía escucharse en todo el lugar.
Suspendido en el vagón, veía a todos en cámara lenta y oía muchas voces y diferentes lenguas, al fondo un tema de Simón Díaz, un cantautor de música venezolana que escuchaba desde la niñez, cuando iba al campo con su abuelo y aquel escuchaba las coplas sobre la vida en el llano. Una sonrisa se dibujó brevemente en su rostro tras el fugaz recuerdo de don Pietro Gomes.
De pronto, una nostalgia tardía lo fue invadiendo y mientras miraba a la gente, recordaba momentos de su vida en las escenas que se desplegaban a su paso. Pensaba en lo difícil que había sido dejar a su familia, sus abuelos estaban ya muy viejos y él pasaba horas compartiendo historias y pequeñas actividades que aun podía llevar a cabo don Pietro.
Sus padres, también entrados en años, seguían trabajando en la panadería junto al tío Mariano que se encargaba de del mantenimiento de las máquinas que se usaban para hacer el pan a diario.
Después de 3 años se preguntaba, ― “¿en qué momento de mi vida estoy?”, ¿hacia dónde voy?, ¿a qué lugar pertenezco? Soy un nostálgico valiente o quizás un valiente nostálgico.
Esta sensación de desamparo en el corazón, con un conjunto de emociones que van desde entristecernos a despertarnos ante la partida inexorable del pasado Sabiendo que su único refugio es la memoria. Aceptando que no somos seres absolutos y que quizás jamás volveremos.
Mientras veía a aquellas personas, en familia, en pareja, solitarios, pensaba en Ana aquella hermosa niña que creció a su lado en la finca y que fue su primer y único amor desde la primaria hasta que cada uno eligió su carrera, ella, veterinario experta en equinos y él periodista.
Recordaba sus mañanas en el campo con el abuelo y sus historias y enseñanzas, sus caminatas al colegio, su vida en la finca y en la panadería. A sus padres, a quienes la distancia les había envejecido y quitado su rol más preciado. Sus amigos, sus espacios, su carrera.
Se sentía ajeno a aquel lugar extraordinario que en otras circunstancias habría disfrutado enormemente y del cual hubiera hecho un hermoso reportaje.
Tres años de soledad, en aquel pequeño anexo a donde llegaba casi al anochecer y de donde salía antes de que amaneciera.
Adrienne y Patrick eran sus únicos amigos, porque los venezolanos con los que quiso fraternizar, resultaron lejanos y adversos a tal punto que prefirió evitarlos para no crear resentimientos.
Ella y Janick eran pareja y lo alentaban a conocer a algunas chicas que se habían interesado en aquel muchacho, educado, bien portado e inteligente. Pero el corazón de Pedro se había quedado en los potreros donde nació la pasión de Ana por los caballos.
Se escribían semanalmente, hasta que dejaron de llegar las cartas y su madre le contó que Ana había recibido una beca para ir a hacer una especialización en caballos pura sangre en Arabia Saudita.
Él trató de ubicarla pero ella jamás contestó sus mensajes y un buen día supo por un amigo en común que se había casado con el dueño de unas caballerizas y se había establecido en aquel país para fundar un centro de entrenamiento para caballos árabes.
Aún no se daba el permiso de dejar entrar a alguien más en su corazón y se dedicó a estudiar y trabajar para poder producir el dinero necesario para mudarse a otro lugar donde pudieran visitarlo sus padres ya que debía esperar diez años para regresar a su país por su condición de refugiado.
Su ritmo de vida había cambiado, era un país con una dinámica diferente, donde las normas se cumplían, donde la gente no era muy afable, más bien distantes y sumergidos en sí mismos.
Su “playlist” lo había transportado a su vida antes de su huida. Ni si quiera había notado que estaba llegando a su destino cuando de pronto, nuevamente sentado en aquel asiento frente a la puerta, volvió a toparse con aquel pequeño que le sonrío a la distancia y golpeó los talones de sus zapatos y se acercó para dejar un pedazo de papel en su mano que decía: “Il n’y a pas de meilleur endroit que la maison” – “no hay mejor sitio que el hogar”.
Cuando el tren se detuvo, se bajó rápidamente, y fue detrás del pequeño, pero se había esfumado. Subió las escaleras de la última estación y cuando salió a la calle, la temperatura había descendido y el tiempo era más amable para caminar 3 cuadras hasta llegar a su casa.
Al abrir la puerta, escuchó un ruido y se detuvo preocupado, pensando que alguien había entrado sin autorización a su casa. Hizo silencio y escuchó voces, retrocedió y miró hacia atrás, para su sorpresa, parado en la esquina más cercana, estaba aquel niño misterioso que lo miraba con tanta amabilidad que no sentía temor a pesar de lo inusual de la situación.
El niño caminó hasta él y lo tomó de la mano, le sonrío haciendo una pequeña mueca de medio lado y dijo:―” tudo estará bem” ―Cuando estuvo cerca miró a aquel niño y entonces entendió que era un recuerdo de sí mismo que había forjado en su mente, al considerar que su abuelo y su padre también habían cambiado sus vidas para migrar a un país que los había acogido amablemente y les había regalado la posibilidad de echar raíces.
Al volver el rostro hacia su puerta, vio parado en el umbral a su abuelo Pietro, con su boina, sus tirantes y su inolvidable sonrisa, diciéndole adiós agitando su mano mientras desaparecía ante sus ojos.
Al entrar a su casa, ahí estaban sus padres, que habían llegado de sorpresa con la triste noticia de la partida de su abuelo, sus ojos se anegaron de lágrimas y abrazado a su madre leyó una nota que su abuelo le había dejado: ―“você nunca estará longe de casa se fizer do mundo a sua casa”―, ―”nunca estarás lejos de tu casa si haces del mundo tu hogar”― Lloró de nostalgia sobre aquel globo terráqueo que su abuelo le obsequió antes de dejar su país.