
Sus ojos caminaron fijamente hacia mí, descarnándome el alma. Quedé inmóvil, el vaho de su perfume paralizó cada articulación y músculo. Sólo mi lengua quedó intacta, mis labios se sellaron para protegerla.
Llegó tan cerca, que sentí mis pupilas, dilatarse para absorber el brillo ensordecedor de su sonrisa. Escarbó mi corazón y sacó los restos del último dolor que me quedaba.
Se hospedó en mi Timo, dejando su fuego encendido, consumiéndome lentamente. Me rozó, y la piel se hizo rocío. Me aguijoneó con la mirada y en un descuido, me rompió la boca, y aquel anhelado beso, aniquiló mi lengua.