INMENSO MAR por Anastacia López Navarro



Esa tarde, sentada a la orilla del mar recordaba lo feliz que había sido en mi infancia. Mis padres me llevaron a conocer esa enorme masa de agua salada cuando tenía 5 años.

A mi mamá no le gustaba la playa, ni la arena, ni el pegote de sudor y sal. Se quedaba metida bajo el toldo con mi hermano pequeño y mi papá me llevaba cargada hasta la orilla, mientras mi cabello enrulado se agitaba con el viento.

Papá se agachaba y ponía mis pies en la arena suave para que la ola que llegaba los tocara y en ese momento me alzaba, diciendo: ―”ahí viene la ola, ¡uuupa! y yo soltaba la risa porque era muy divertido. Además de aquel vértigo que sentía al bajar por los aires en manos de mi papá.

Crecí yendo a la playa, casi todas mis vacaciones. Y el mar se convirtió en un lugar feliz, divertido y de remanso para mí. Mis tíos compraron una casa para las vacaciones familiares y al terminar el colegio, mis primos, hermanos y demás seres queridos emprendíamos un viaje de casi dos meses a Puerto Píritu, del cual volvíamos achicharrados por el sol.

Cada época de mi vida estaba marcada por ese momento, cuando me paraba frente al mar y sentía las olas cubriendo mis pies, la brisa agitando mi cabello y tocando mi rostro.

Respirar, inhalando profundamente el aire marino, equilibra mi cuerpo, me da calma, me permite llorar de alegría y nostalgia. Esa sensación de paz que me produce el sonido del viento y las olas, es algo que atesoro y llevo grabado en mi vida.
Lo más increíble es que no sé nadar, y he pasado mis sustos con las resacas. Pero no me importa entro hasta donde me siento segura si voy sola y si voy acompañada arriesgo un poco más.
Cuando estudiaba medicina tradicional china me contaron que a diario se pierden la sales del cuerpo y que una excelente manera de reponerla es meterte en el agua salada hasta que se te arrugue la piel.
Estar dentro del mar es experimentar lo diminuto que somos y ver como la vida es un vaivén de situaciones que si no aprendes a fluir con ellas, te revuelcan, te expulsan, te arrastran o te hunden.
Ese lugar es una suerte de espejismo que a lo lejos parece unirse con el cielo, en ese horizonte inasible que nadie ha podido alcanzar. Es esa oración imprescindible que necesito escuchar cuando no me alcanzan las palabras.
Es la profundidad y el misterio de la vida, el origen y el destino final de quienes seducidos por su majestuosidad nos dejamos conmover ante su infinita existencia.

Hace unas cuantas lunas, sentada sobre una piedra, acompañada de alguien a quien siempre agradeceré ese momento, una tarde después de una pérdida significativa , me dejé guiar por sus palabras, que me conectaron mágicamente, con aquella inmensidad, bajo una lluvia generosa.

Necesitaba tanto soltar, dolores añejos, frustraciones, abandonos, acortar distancias, conectar con aquella niña feliz y recuperar mi capacidad de sanarme a mí misma, equilibrando mis sistemas a través de mi contacto con el mar.

La lluvia tibia y salada, la brisa amable y una vista inconmensurable, me recordaron que tres cuartas partes del planeta son agua al igual que mi cuerpo; aquello resonó en cada uno de mis espacios vitales y justo en ese momento volví a ser una con el universo.
Una ola fresca y suave me trajo de vuelta, caminé por la orilla hasta llegar al faro que estaba al final del recorrido. Empezaba a anochecer y definitivamente me sentí a salvo. El agua es mi elemento.

Publicado por Escritosoriginalesmanu

Hija, esposa, madre, docente de ❤ escritora en proceso, amante de la naturaleza, confío en un cambio intrínseco de la humanidad

2 comentarios sobre “INMENSO MAR por Anastacia López Navarro

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