Cuentos de cabecera, por Anastacia López Navarro

El cuarto de Andrea es un lugar maravilloso, aunque es muy sencillo, tiene una magia particular. Su olor, su risa, hebras de cabello sobre la almohada, su muñeco para dormir, su pijamita y unas estrellitas en el techo que se iluminan cuando apaga la luz.
Tiene juguetes y sus libros ordenados, y ahí pegadita a la pared está su cama la que ya no tiene barandas porque es una niña grande. Esa estructura de madera y hierro con jergón y colchón recibe fuertes impactos cuando “Andre” se incorpora sobre ella y da saltos enormes haciendo rechinar los resortes.
He dormido con ella y es una verdadera batalla, parece que bailara, nadara, corriera y saltara en sus sueños me lleva hasta la orilla o me arrincona y a veces me engancha con una pierna o me ahorca con su bracito alrededor de mi cuello. Toda una experiencia onírica.
Una noche antes de dormir me hizo una pregunta que en aquel momento respondí para salir del aprieto ―” Tíiia, ¿tú sabes cómo es la cama de Dios?” ― De todas las preguntas que me preparé para responderle, esa jamás pasó por mi mente.
Mi respuesta fue muy ingenua y ella muy benevolente porque aceptó que muchas ovejitas con alas se juntaban en el cielo para formar una “enoooooorme” cama suavecita para que Dios que era muy grande, pero no pesaba, se durmiera. Que las almohadas estaban hechas de nubes y que tenía una hermosa lámpara en forma de media luna que le alumbraba durante toda la noche.
Andrea me miró y dijo ― “Guaooo”, Dios sí que tiene suerte”― y se acostó en su camita cuyo colchón impermeable sonaba bajo la suave sábana de princesas.
Creo que ha sido una de las camas más puras y dulce donde casi, casi pude dormir.
Desde entonces me quedó la curiosidad de preguntar cómo eran las historias de cama de otros y que se piensa o qué se sueña según el tipo de cama donde se duerma.
Desde las camas de agua, de goma espuma, de resortes, con “box”, literas, sofá camas, dúplex, matrimoniales, individuales, catres, colchonetas, chinchorros, bolsas de dormir, butacas, toallas en la arena, las consabidas aceras, los banquitos de plaza, el asiento trasero del auto hasta las de tecnología avanzada, térmicas, masajeadoras, con olores, colchón inflable portátil y pare usted de contar, cada una tiene su historia

Recuerdo la historia de Zahie, sus padres venían de Marruecos, huyendo de la guerra contemporánea. Durante su viaje por el desierto tuvieron que protegerse de las tormentas de arena y polvo. Dormían entre piedras, pegados los unos a los otros, con la cara y la cabeza cubiertos con tela para evitar que la arena les hiciera daño.
Fue un largo recorrido y Zahie soñaba con poder llegar a un lugar donde descansar cómodamente porque su cuerpo estaba agotado, cansado y adolorido. Extrañaba su cama y las noches en las que dormía bajo una bóveda de estrellas impresionante.
En su pequeño pueblo de Nkob se levantaban los “Kasbah”, enormes construcciones de soberbia altura que servían para protegerlos de los invasores y tormentas de polvo y arena y ahí tenían pequeñas habitaciones con enormes “mijadda” donde dormían o tomaban siestas.
Zahie soñaba sobe aquellas almohadas gigantes con que al fin acabara la guerra, para poder viajar por el mundo, pero se hizo más cruenta y tuvieron que abandonar sus refugios para sobrevivir.
Cuando finalmente llegaron a europa, fueron acogidos por una organización que dirigía Alicia VK, una joven de ascendencia griega y latinoamericana que desde temprana edad se dedicó a llevar a cabo proyectos sociales y durante sus estudios de cine y Arte audiovisual pudo hacerse de una red de apoyo muy influyente que le permitió consolidar una organización sin fines de lucro para darle ayuda a los refugiados que huían de la guerra y las persecuciones políticas.
Las casas donde se hospedaban contaban con los servicios básicos, comida y cómodas camas con colchones confortables, sábanas y almohadas limpias.
Fue en aquellas camas donde Zahie pasó mucho tiempo recuperándose de su peregrinación por el desierto, soñó y juró que su vida sería extraordinaria, que estudiaría y se prepararía para recorrer el planeta y tener las experiencias más increíbles del mundo.
Con el tiempo logró tener éxito en su carrera profesional y se convirtió en benefactora de aquella organización que le abrió las puertas a una vida posible. Su mentora, Alicia VK, recibió de sus manos el más alto reconocimiento para aquellos que entregaban su vida a ayudar a otros.
Seguí mi viaje buscando historias forjadas desde la cama y conocí a Zafiro una enigmática mujer con suficientes historias para hacer un libro completo, pero de las cuales escogí las que a ella le fueron más gratas.
En un pequeño café de “Monmartre”, aquella colina parisina a la derecha del río Sena, esperaba absorta mirando la cúpula blanca de la Basílica del “Sacre Coeur” en la cumbre del paisaje. Terminaba mi café y al apagar el cigarrillo, un intenso olor a flores y frutas cítricas impregnó mi metro cuadro y al instante escuché una voz que decía ―”Bonjour”, creo que me esperas a mí―
La conversación con aquella mujer fue realmente deliciosa, sus anécdotas me hicieron reír y llorar en la misma proporción. Amé la historia del motel La Orquídea: ―”Andaba con Miguel Ángel, los dos perdidamente enamorados, hasta los huesos, nos comíamos vivos en aquel viaje de regreso a la ciudad. Él me acompañaba y luego volvería a su pueblo”―. Tenía una mezcla entre niña pícara y “femme fatal” que combinaba en sus gestos al contarme sus historias.
Prosiguió, ―”entramos al motel que se encontraba en el camino, sólo para “saciar el deseo de la carne inquieta” y nos dieron una habitación con ¡cama de agua!. Nos metimos cada “golpe” tratando de hacer la diligencia y mantener el ritmo, entre risas y muchas ganas, quedamos exhaustos, intentando no caernos y disfrutar el momento. No son las más recomendables para emprender la cabalgata con un tipo de 1,98m”―
Su historia sobre la mejor cama en la que había dormido fue muy divertida. Sucedió en las islas de Antigua y Barbuda en el Caribe. Su relato seguía así ―”la mejor cama en la que he dormido fue la del hotel “Sunset”, en Antigua, que delicia, dormía como una loca, desenfrenada, durante todo el día y cuando aparecía en las noches, todos bromeaban diciendo que Luis Miguel, el papá de mi hija, me estaba destrozando. Pero no, no, no, aquello fue puro dormir como narcoléptica. Definitivamente una cama cómoda sin otra igual”―.
― “Pero sin duda, la cama más alucinante en la que jamás imaginé dormir, ha sido en el hotel Napoleón, aquí en Paris. Era un 14 de julio, cuando llegue al hotel era de noche y había una algarabía en la calle. Se celebraba con bombos y platillos con una gran fiesta el aniversario de la toma de la Bastilla y para rematar, el día anterior Francia se coronó como campeón de la copa del mundo en Francia ´98. Fue emocionante lo que sentí al acostarme en aquella cama y caer en cuenta de que yo estaba ahí en un momento tan espectacular” ―.
Sus pequeñas historias, estaban cargadas de cierta nostalgia, ella ama Paris y seguramente ha dormido en muchas más camas en esa ciudad. De pronto su brújula giró hacia sur américa y su sonrisa se llenó de colores vivos y tropicales para referirme una historia cortita sobre su viaje a la frontera entre Brasil y Argentina.
Continuó rememorando sus aventuras: ―”en Iguazú también dormí en una cama muy rica, o no sé si fueron los 4 aviones que tuve que tomar para llegar, tenía sueño y trasnocho y eso quedaba en la selva espesa, muy, muy lejos de todo. Era un lugar que me recordaba la Quinta Anauco, todo era muy al estilo colonial―.
Entre risas, vino, fiambre, quesos y café fue cayendo la tarde y yo tomaba nota de las anécdotas de Zafiro, una viajera cuyo “hobby” era conocer lugares donde dormir rico. Así llegué a sus dos lugares más remotos, allá en su país Venezuela.
Ya casi era mi hora de terminar y escuche dos historias más: “―recuerdo que el sitio más frío donde dormí fue en la cama del Hotel Santo Domingo de Mérida, ni siquiera en Suiza, pasé tanto frío. Por más que tomé vino, “calentaito” y “canelita” no logré calentarme y eso que andaba en muy buena compañía―.
―Diría que el lugar más incómodo donde he dormido fue el cajón de la camioneta de Fabrizzio Laso. El tipo metió un colchón en el cajón de su camioneta y ahí cenamos, tomamos y “tiramos”. Dormí divinamente, a cielo abierto. Fue incómodo pero aquel espectáculo de estrellas, lo valió―.
Cayó la noche y ella se despidió con un beso en cada mejilla. La vi alejarse mientras mi lápiz caía dormido sobre la mesa.
Y aunque la pasé divinamente, durmiendo en muchos lugares y escuchando historias, siempre volver a mis 7 almohadas amañadas, mi colchón, mi trapito en los ojos, mi control remoto y mis sábanas frescas, no tiene precio. Porque como dicen por ahí: “en cama ajena, siempre se duerme mal”.

Publicado por Escritosoriginalesmanu

Hija, esposa, madre, docente de ❤ escritora en proceso, amante de la naturaleza, confío en un cambio intrínseco de la humanidad

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