
Mientras terminaba de secar su cabello con la toalla, frente al espejo, miraba de cerca el hematoma debajo de su ojo derecho, muy cerca de aquella cicatriz que ahora quedaba oculta por la hinchazón que empezaba a formarse.
Movió el cuello, sintió un dolor agudo en el músculo trapecio y le fue casi imposible girar la cabeza totalmente hacia el lado izquierdo. Frunció el ceño y tomó aire apoyando las manos sobre la pared.
Aquel combate había sido diferente a los otros que había realizado durante todos sus años de práctica y entrenamiento, primero con su padre y luego cuando perdió el camino y aprendió técnicas letales orientadas a la aniquilación del contrincante.
Ragnar Lamech, era un entrenador de Artes Maciales, especializado en el combate cuerpo a cuerpo. Dominaba estilos como el Tae Kwon Do, Judo, Jui Jitsu Brasilero, “Grappling”, Lucha Grecorromana, Aikido y Krav Maga, este último era un sistema de defensa popularizado por los ejércitos israelíes para complementar las destrezas letales de sus soldados.
Ragnar era una máquina invencible, que dominaba un sin número de técnicas, pero además era muy versátil, sumaba a sus talentos otras artes como la danza, la gimnasia, tiro al blanco con arco y flecha y era amante de las armas de fuego, un campeón en la categoría de tiro deportivo.
Su padre Bhaltair Lamech había sido su primer Maestro, tenía una escuelita que funcionaba detrás de la tienda de antigüedades de la que fue dueño durante 40 años. Un lugar mágico donde aquel joven pasaba horas con su pequeño hermano Moritz y su mejor amigo, Niklas Söle, escuchando historias sobre antiguos guerreros samuráis, griegos, vikingos, espartanos y romanos, cuyos dogmas y valores fueron formando paralelamente a la educación de sus padres, una línea de pensamiento con ideas inquebrantables que regían sus conductas.
Su madre, Amelie, era una hermosa y destacada gimnasta y bailarina que le enseñó la gracia y la flexibilidad que el cuerpo podía alcanzar con otras disciplinas además de la marcial.
Amuletos, espadas, escudos, símbolos, pergaminos, documentos antiguos llenaban la tienda de su padre. Bhaltair los había recolectado durante sus múltiples viajes por oriente y occidente, donde aprendió los diferentes estilos de combate que luego enseñaría en su escuela y en los que sus dos hijos fueron formados, bajo la promesa de siempre estar al servicio de los más débiles.
Entregó a cada uno la mitad de un poderoso medallón de marfil y ébano que al juntarse formaban un yin yang blanco y negro. Éste tenía al fondo un lobo negro y uno blanco a cada lado, respectivamente y les recordó la importancia de saber a cuál de los dos alimentaban. Ese, era el secreto del equilibrio.
Al salir de la habitación, para dirigirse a la trastienda del antiguo negocio de su familia, Ragnar recordó aquel día, que tras la muerte de Moritz, en un combate donde no fueron respetadas las reglas de seguridad y los límites de contacto, su padre se había marchado sin decir una palabra y su madre había sido recluida en un hogar de cuidados para enfermos mentales, aunque ella sólo se había sumido en una infinita tristeza.
A pesar de todas las enseñanzas de su padre, basadas en principios y valores morales, Ragnar quebrantó todos sus paradigmas y fundó una escuela de peleadores en la que la piedad y el respeto por el contrincante no eran aspectos considerados dentro de sus leyes. Cruzó la delgada línea entre el bien y el mal.
Así, constituyó un equipo de guerreros que transitaban por las calles amedrentando a todo aquel que no les rindiera tributo. Los formó sobre la base de antivalores, constituyéndose en una especie de banda que asistía a los torneos locales y en las afueras de su ciudad promoviendo el caos y dejando a su paso desolación y dolor porque todo aquel que se enfrentaba a sus discípulos perdía un brazo, una pierna, un ojo o la vida.
Ragnar se había convertido en un líder negativo, ya no visitaba a su madre y clausuró la tienda cuando entendió que su padre no volvería. El dolor por la pérdida de su familia nubló su consciencia y confinó su corazón y su alma al olvido, para alejarse del recinto de sus más férreos y nobles principios.
Una mañana llegó a su escuela un desconocido, quien se hacía llamar Anam Çelik y al abrirle la puerta sintió entrar una energía tan fuerte que no atinó a pronunciar palabra. Aquel hombre le entregó un pequeño pergamino donde lo invitaba a un combate al día siguiente en la tarde, en el antiguo Dojo detrás de la tienda de antigüedades.
Absorto y confundido miró como aquel hombre enigmático se alejaba. Sin contarle a nadie se preparó para el combate como si una fuerza externa lo empujara, se puso su traje negro y sintió que le faltaba algo. Revisó y se topó con la mitad del medallón. Lo tomó apreándolo
Al llegar al lugar, se removieron en su mente innumerables recuerdos, la voz imponente de su padre, el olor a lavanda y flores de su madre, la risa de Moritz y Niklas. Creyó entrar en una especie de vórtice y tuvo sentimientos encontrados de tristeza y furia que canalizó para concentrarse en su objetivo.
Atravesó la tienda rápidamente y al llegar al umbral del salón vio el majestuoso Torii, aquel que solo debías cruzar dejando fuera todo lo mundano. Se quitó los zapatos y sin reverenciar el espacio entró. Miró hacia el lugar sagrado donde Anam vestido de blanco, se encontraba arrodillado en posición meditativa.
Levantando su voz, lo increpó diciendo, ― “ya estoy aquí y no tengo tiempo que perder, así que acabemos con esto de una buena vez, quien quiera que seas”― Cuando aquel hombre se incorporó lo miró con serenidad y le dijo: ― “vengo en nombre de mi Maestro a devolverte algo que te pertenece, pero antes deberás combatir contra mí”―
Ambos guerreros tomaron posición y mientras Anam hizo la venia para saludar a su Ragnar visiblemente contrariado, preparó de una vez la posición de combate. Con movimientos circulares iniciaron una especie de danza que los acercaba y alejaba buscando cada uno el momento adecuado.
Como era de esperarse Ragnar tomó la iniciativa y atacó arremetiendo con seguridad y violencia. Anam por su parte desvió limpiamente el golpe siendo la defensa su mejor contra ataque. Al ver que no podía tocarlo si quiera, Ragnar visiblemente molesto y desenfocado esperó el momento preciso para de manera inadecuada sujetar a su oponente por la ropa y derribarlo, ya que el piso era su territorio para vencer.
Ante tal ataque, el guerrero blanco pudo zafarse y limpiamente logró la sumisión de su contrariado oponente quien se golpeó la cara al caer y fue presa del pánico cuando sintió que no podía moverse porque se fracturaría su cuello y se estaba quedando sin oxígeno.
Finalmente, tocó el piso dando tres golpes que indicaban que se rendía ante aquella soberbia técnica de sumisión. Débil y adolorido sintió como un hilo de sangre corría por su rostro e intentó ponerse de pie sin éxito. Anam le ofreció su mano y al contacto Ragnar volvió a sentir aquella descarga de energía que lo había dejado sin palabras.
Cuando estaba más recuperado, Anam se acercó y le entregó algo envuelto en un paño blanco como la espuma. Se arrodilló frente a él y lo reverenció. Ragnar abrió con cuidado el paño y ahí estaba la otra mitad del medallón con el lobo blanco. Sus ojos se anegaron de inmediato ante el poderoso recuerdo que traía aquel objeto. Cuando levantó la mirada, ya Anam iba atravesando el umbral del Torii. Aturdido, aquel hombre vencido se puso de pie y preguntó: ― “¿Puedo saber el nombre de tu Maestro?” ―, el desconocido se detuvo, se volvió hacia él y con voz solemne dijo: Niklas Söle.