
Y mi sonrisa se borró… paulatinamente.
Y mi cuerpo dejó de sentir… momentáneamente.
Y mi luz se tornó en oscuridad… imperceptiblemente.
Un solo atisbo al espejo basta para notar que la vida ha escapado de mi rostro. La juventud, esa amiga pasajera, deserta. Aquel exiguo de inocencia no existe más. Mis ojos se han ensombrecido por el dolor; el rencor y la desesperanza me devuelven la mirada, acusadores. Camino despacio, sin prisa, en este palacio de voces tempestuosas, hasta situarme en el alfeizar de la ventana con un cigarrillo en manos. Miro al humo disiparse, así como lo ha hecho mi esperanza, y un impulso me hace subir, de pronto, al bordillo.
La fría brisa incide en mi piel, arremolinándose en mi interior, acrecentando el vacío existente; su susurro arrastra imágenes de un pasado que ahora se exhibe distante. Un día el mundo se paralizó, sin ningún tipo de aviso, la primavera no supo esperar, el invierno me tomó sorprendida, y el eco del caminar se convirtió en mi único acompañante a través de los corredores. Una pandemia, una amenaza medieval que atraviesa fronteras e impone un aislamiento en búsqueda de protección y cuidado. Pero ¿qué sucede cuando la seguridad está fuera y no dentro del lugar que traicioneramente llamas hogar?
He quedado a merced de él, víctima oculta de un adulto que dice tener la razón y que miente, prisionera del roce indeseado de unas manos que secan y agrietan. Sé cuándo despierta, le escucho preparar el desayuno, y odio tanto ese sonido que me obliga a recordar que debo estar atenta. Creí que sería algo pasajero, otra noticia que desaparecería con el tiempo… Qué equivoca estaba. Supongo que es más fácil creer que dudar.
Como tantas noches sin estrellas, esta trae consigo amargos recuerdos, derrumbes pretéritos que ningún individuo es capaz de olvidar:
«Sus manos me sujetan fortísimamente. Lucho, grito, sollozo. Es inútil. Cada prenda es despojada de mi cuerpo, rasgada; los hilos ceden frente a los violentos tirones. Mis suplicas inundan la sala:
—¡Detente! ¡Detente, por favor!
Gritos de agonía, gritos de desconsuelo. Lloro por una batalla que no puedo ganar. Me estoy rompiendo. El olor a almizcle y alcohol llenan mi nariz, mientras permanezco debajo de él. He estado aquí tantas veces.
Pero existe un vaso, un vaso donde caen una y otra, y otra gota. Y entonces, de repente, se llena y desborda. Y ya no sientes nada, no escuchas nada. Ahora no soy nada. Percibo como una espectadora el empuje en mi cuerpo. Los dedos, sus garras, se clavaban profundamente en mi carne. ¿Cuento hasta diez? ¿Respiro con lentitud? ¿Suplico para que termine? Quisiera poseer un interruptor, evitar quedarme con él, advertirme a mí misma que en ocasiones no estás a salvo, ni siquiera con la persona que fue para ti un padre.
De repente, suenan las sirenas, las paredes se derrumban, un calor caliente inunda mi interior y su cuerpo colapsa a un lado. Sus palabras en susurros me siguen a la nebulosa penumbra: —Eres mía… Para siempre».
Las cenizas del cigarrillo al consumirse caen en mis dedos, queman. Desearía poder gritar, aunque si gritara… ¿me escucharían allá afuera?, ¿me brindarían su ayuda? Tengo miedo. Tengo miedo porque conozco la respuesta. Más de un año he sido prisionera de esta historia que se repite sin más. Algunos días es difícil despertar, algunos días es difícil abrir los ojos y darte cuenta que sigues viva.
Ya no leo los titulares, ya no veo las noticias, porque al hacerlo mi fe se va, huye cuan vil ladrón. La enfermedad sigue avanzando, nos sigue consumiendo y yo sigo destinada a estar aquí, soportando. Por ahora la paciencia me ha abandonado y me es imposible continuar.
Hago un esfuerzo por sofocar el gemido que amenaza en escapar de mi garganta. No podemos detener la lluvia ni la tormenta, pero sí prever y buscar un refugio adecuado. Mis pies tiemblan, aun cuando mi corazón se mantiene latiendo con calma. Un solo paso, un solo paso y todo ha terminado. Salto. La gravedad hace lo suyo, como siempre alcanza la victoria. Las sombras que pesaban sobre mi corazón se desvanecen. Lo último que me permito percibir es el sabor cobrizo en mi boca.
Días después despierto en el hospital. Hui, escapé. E inesperadamente la fe regresa. La vida que había llevado llegó a su inevitable fin. Estuve enterrada en sueños rotos, hundida hasta las rodillas en oportunidades perdidas. En este apacible silencio, en esta dichosa soledad, respiro por primera vez. Mi cuerpo está allí, yo estoy aquí, a salvo. Observo a las enfermeras y al doctor, desde el umbral de la sala de operaciones, ir de un lado a otro, presurosos por salvar la cicatriz tendida en la camilla.
—¡Usted es fuerte, señorita, soporte un poco más!
En mi rostro se dibuja una sonrisa, sonrisa que se transforma en carcajadas, carcajadas que desgranan lágrimas.
—¿Soportar un poco más? ¡¿Soportar un poco más?! ¡Cuánto más debería aguantar! —El monitor cardiaco enloquece, el sudor humedece la piel del hombre.
Estoy bien ahora, estoy a salvo, estoy preparada para irme, sin embargo, no puedo. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo? Tal vez… ¿tal vez mi corazón, pájaro sin alas, está dispuesto a volar? Que soporte un poco más… Está bien, soportaré, soportaré cuanto pueda porque la esperanza volvió a despuntar y esta vez no la aplastaré.
—Eso es, un poco más. Camina hacia nosotros. Recuerda que nada es perecedero, ni siquiera la muerte. Con ella siempre viene la vida —susurra el hombre mientras los fuertes pitidos se atenúan.
Escucho su llamado. Me acerco. La calidez que antes sentí es incomparable a lo que me embarga en este instante. Un aroma particular llena cada uno de mis sentidos y solo queda la sensación de alivio, tan exquisita que me hace reír.
—La tenemos de vuelta.
Volví, en búsqueda de la tan anhelada segunda oportunidad. Por ahora, aun cansada, sigo peleando; aun derrotada, sigo intentando. Porque comprendí, finalmente, que morimos solo cuando nos rendimos, cuando abandonamos el campo de batalla; porque comprendí, finalmente, que morimos solo cuando nos convertimos en prisioneros de la mente.