
En está oportunidad les comparto otro relato de mi talentosa amiga escritora Anastacia López Navarro, que nos lleva a conocer un poco más a este personaje llamado Anam.
Anam estaba de pie sobre aquel desfiladero, donde al cerrar los ojos, creyó escuchar los cascos de caballos de un ejército aterrador, cuyos hombres caían y se sustituían con extraordinaria rapidez. Ahí donde también sucumbió el gran Heracles y hoy las aguas brotan impregnadas con el calor de la tierra.
Era la noche del eclipse, tras la gran tormenta que abatió Persépolis, y en la que los destinos de cada hombre estaban por cambiar de forma definitiva. Anam miró en derredor y pudo calibrar la dimensión de lo que estaba por ocurrir. Ante tal vastedad sintió como su humana existencia se atomizaba convirtiéndolo en un grano más de arena.
Aquel joven, nacido en el seno de una familia ateniense, acomodada, había sido entrenado en las bellas artes., aprendió la lira, la cual ejecutaba con divina gracia. Sus textos poéticos eran dignos de alabanzas y a muy corta edad esgrimía razonamientos basados en teorías filosóficas de los grandes pensadores griegos.
Se convirtió así, en un guía precoz de su generación. A diario se reunía en el ágora con sus jóvenes discípulos a deliberar sobre la existencia y la conducta del hombre que se sustentaba en valores morales.
Las enseñanzas de Anam, tenían como propósito construir un pensamiento común entre sus seguidores. A pesar de que pudieran tener diferencias, lo realmente valioso, era que debían ser fieles y coherentes con respecto a sus principios morales. Aquellos en los que habían sido educados.
De esta manera, sería mucho más fácil afrontar los desafíos de la conducta ante situaciones límites, que pudieran cuestionar la firmeza de sus creencias.
Cada uno se apegaría a un sistema de leyes e imperativos que guiarían sus acciones, permitiendo evaluar la mejor manera de reaccionar ante los eventos que fueran determinantes en sus diferentes roles sociales.
La tarde en la que Anam desapareció, todos deambulaban confusos por el Ágora, como ciegos a los que se les había despojado de su lazarillo.
De pronto, todos escucharon la noticia de que se encontraba entre las filas espartanas porque debía ser entrenado en el arte de la guerra como parte de un experimento que consistía en construir al Guerrero perfecto.
Uniendo el decálogo de la agóge, que preparaba y adiestraba a los hombres en el manejo eficiente de las armas, con la formación política, filosófica, artística y cultural de Anam forjarían al guerrero ideal, con los más altos estándares, necesarios para alcanzar “el areté”
Anam no opuso resistencia, y conquistó los niveles más altos de destreza, veloz, fuerte, estratégico, hábil con ambas manos en el uso de la espada y el escudo. También sw convirtió en un jinete. inigualable en la cabalgata. Certero a cualquier distancia con el arco y la flecha. Un líder nato e inspirador. Su cuerpo se había transformado en una máquina demoledora. Se convirtió así, en un hermoso y admirable guerrero.
Pero Anam, echaba de menos su pueblo. Una noche mientras desde la alta muralla veía como se encendían las luces del Ágora, donde otrora se reunía con sus discípulos y amigos, se le acercó un viejo guerrero espartano y le preguntó: ― “Por qué no te has marchado, por qué no huyes para regresar con tu gente”― Sin apartar su mirada de la distancia, respondió: ― “Un hombre jamás podrá escapar de su destino, Atenea, la diosa de la sabiduría y la guerra, vino hasta a mí en un sueño, para contarme que yo representaría el espíritu griego, que en mi se fundirían todas las virtudes de nuestra civilización y que caminaría por el mundo con el alma de un pacificador en el cuerpo de un guerrero”―.
Escuchó al viejo decir, tienes una misión importante que transformará a nuestra civilización de manera definitiva. Por eso, aquí pisando el territorio de las Termopilas, espera a que llegue el momento de enfrentar los desafíos, que nos convertirán en la más influyente nación del mundo.
Al volver la mirada, notó que el viejo guerrero ya no estaba. Nunca estuvo allí. Aquella presencia no fue otra cosa que su alma venida del futuro. Descifró en el sonido del viento, una voz que le susurraba: ― “Tú eres el elegido”―.