
Te busqué en rincones en que obviamente no estabas. Traté de recordarte y todo era tan borroso que dolía. Quemaba la idea de fallarte al no poder recordar tus rasgos, tus ojos, tu sonrisa, tu voz. Me acobarda la idea de que desaparezcas completamente de mi mente. Los recuerdos son tan vagos: tu mano sobre la mía, yo mirando hacia arriba, tratando de vislumbrar tu cara, aunque solo puedo recordar luz ahí donde esta debería estar. De tu mano hubiese ido a cualquier parte, porque sabía que tu amor era tan grande que confiaría ciegamente en él. Era tan grande que aún sé que todavía me amas. Sé que tus pasos siguen los míos y que tu mano siempre estará ahí para levantarme cuando caiga, aunque realmente…no estés.
Me duele mucho la idea de olvidarte, pero habrán cosas que siempre me recordarán a ti: el color violeta, la tejidos bonitos que veo al cruzar la calle, la lluvia, mi pelo rizado, los viajes a ese lugar, él… él siempre me recuerda a ti, sé que él es fuerte por mí, y sé que una de tus mayores alegrías es que también lo ame.
Él te recuerda cada día. Quiero decirlo yo aunque sea más que evidente. Tú eras la luz de sus ojos, yo también lo soy, pero sabes que son luces diferentes, quizás de distinto color. Me lo oculta, pero yo lo sé, sé que en cada uno de sus días hay un pensamiento para ti, porque por más grande que sea un amor nunca es igual al otro.
Gracias. Nos hicistes fuertes, demasiado. Tu carácter le dio forma al de él y un poco más tarde al mío, si hoy tomamos la vida por los cuernos fue porque tú nos enseñaste que así debía ser. Nunca fuiste de esconderte tras el escudo, de ti aprendí cómo tomar una espada e ir tras mis propias batallas.