
Hoy quiero dar la bienvenida a este espacio, que es de todos ustedes, a una escritora que admiro mucho y con la cual he tenido el agrado de compartir varias experiencias literarias, ella es Anastacia López Navarro, venezolana, actualmente residenciada en Caracas, ella es muy talentosa y comenzará como colaboradora del blog, así que estaremos deleitándonos con sus obras por aquí, espero que la disfruten y esperamos sus comentarios, en esta oportunidad nos deleita con «En blanco y negro»
En blanco y negro
La gente entra y sale de la emergencia, confusa y desolada. Es otro planeta, todos llevan el rostro cubierto, algunos llevan trajes especiales, esterilizados y nadie puede tocarse ni acercarse a más de 2 metros. Esto es un caos, una tragedia se avecina.
Salgo del hospital, camino por la calle que me lleva a la plaza, me sorprendo al ver como de la noche a la mañana la humanidad altisonante y soberbia fue detenida de golpe, obligada a tapar su boca como el símbolo inequívoco de que debía guardar silencio y empezar a observar y escuchar más.
Al llegar a la esquina, el semáforo carmín cambia a blanco y negro. Todo el lugar a mi paso va opacándose, destiñéndose. Los colores de los árboles, los autos, las personas, el cielo sobre mi cabeza, se combinan en una escala de grises que me sumerge en una profunda tristeza.
De pronto nuestro rostro se reduce a una mirada, un lenguaje por redescubrir e interpretar. Un virus ha llegado desde muy lejos de la mano del hombre, y va mermando nuestra defensa, porque la ausencia de prevención es su jugada maestra.
La humanidad ve caer a su paso la memoria de su historia. He cruzado de una esquina a otra y de pronto noto como se desdibuja ante mis ojos, Don Manuel, historiador y cronista empírico de mi ciudad, quien conocía sus anécdotas más interesantes y como había llegado a ser la sucursal del cielo.
Lo vi un instante, sentado en su sillita de madera, cuero de vaca y mecate, con la mirada perdida y sin poder hablar. Su imagen se esfumó ante la incredulidad de mi mirada y siento la necesidad de atesorar sus historias en mi memoria.
Detrás del árbol de la plaza donde se apoya la silla de Don Manuel, un pequeño asoma la cara, es Juan, su nieto. De pronto, se sube al asiento y mira en derredor como buscando algo. Ahí, debajo de la silla, encuentra una flauta de bronce, la toma entre sus manos y la hace sonar de manera estridente.
Raquel, la señora que vende algodón de azúcar, se acerca a saludar, y mientras seca una de sus manos con el delantal, mira a Juan y le pregunta, ―“niño, ¿qué pasa con tu música?, nos atormentas a todos”― ofreciéndole un copo de algodón que él toma rápidamente y deja caer, gritando: ― “¡está salado!”―ante lo cual veo desaparecer a Raquel.
Siento una angustia subir por mis piernas y explotar en medio de mi pecho, los árboles están sin hojas, secos y crujen como si fueran a caer de un momento a otro sobre mí. Juan, envuelto en una atmósfera de incertidumbre sin alcanzar a afinar una nota, llora y me pide que lo levante.
Sus brazos me rodean y su cabeza se acomoda en el espacio entre mi hombro y mi cuello. Su nariz fría me advierte que necesita protegerse, saco de mi bolsillo una mascarilla y se la pongo.
A lo lejos, veo venir a una mujer que en medio de tanto gris ondea su cabello rojo como la lava, sus ojos de aquel irrepetible turquesa, caminan fijamente hacia mí, tras una mascarilla acrílica deja ver la línea de su sonrisa a media asta. Su mano sin dudar toma la mía y una tibia corriente me recorre dedo a dedo, escucho su voz decir mi nombre, ― Anam Çelik― y aquel sonido me sumerge en un vórtice donde alcanzo a decir: ― ¿Antonella?―, mientras, leo en su chaqueta Evah Kopsa.
― He venido a buscarte porque la humanidad está en peligro― Una bola de fuego nos envuelve a los 3 en una espiral y nos extrae de aquel mundo distópico en un segundo.
Despierto bañado en sudor rodeado del sonido de monitores, con un respirador en mi cara y escucho a alguien decir: ― los resultados de sus exámenes dieron positivo, hay que aislar al Dr. Çelik―
Nadie nota que he despertado, vuelvo a cerrar mis ojos para tratar de escuchar un poco más sobre mi diagnóstico y a la vez me asaltan las imágenes, de aquel sueño que acababa de tener.
Recordaba vagamente, que cargaba a un niño en brazos, que todo estaba sin color, y que había mucho ruido, gente murmurando y desapareciendo a mi paso. Sin duda, era una proyección de la realidad que he estado enfrentando desde hace 4 meses en el hospital. Tanta gente muriendo en mis guardias; adultos mayores, colegas, amigos, familia, ante mi más insondable impotencia. Y lo peor de todo, aún sin suficiente información para combatir aquel virus, el COVID19, surgido de la oscuridad más perversa del ser humano.
De pronto, todos han salido de la habitación y siento que entro en una especie de túnel donde sólo escucho voces a lo lejos. El respirador se transforma en una enorme mano que me impide tomar aire y entro en pánico porque no respiro. Intento arrancar todas las conexiones que me atan a las máquinas y al moverme sin control sobre la cama, caigo al piso de la habitación, golpeando mi cabeza fuertemente.
Sin perder la consciencia, trato de darme la vuelta y un dolor agudo recorre mi brazo derecho, desde el hombro hasta la muñeca y al incorporarme un pequeño charco de sangre anuncia que mi memoria a corto plazo está comprometida.
Escucho pasos y voces que llegan gritando a donde estoy, ― ¡Dr. Çelik!, ¿puede escucharme?― Siento que me levantan firme y cuidadosamente, devolviéndome a la cama.
Las manos indiscutibles de una mujer, me auscultan mientras escucho una voz familiar decirme: ― “Anam, ¿en qué rayos estabas pensando?, ¡despierta!”―
Abrumado, aturdido y con un fuerte dolor de cabeza y en la muñeca, abro los ojos atinando a ver un rulo que se escapa de un cabello impecablemente recogido, rojo naranja, brillante. Logro tomar aire, entro en consciencia y tropiezo con el rostro maravilloso de una atractiva mujer que no reconozco. Enfoco mejor y leo un nombre en el distintivo: Dra. Evah Kopsa.
La escucho nuevamente hablarme, en una especie de “sottovoce”, un susurro angustiado que intenta transmitirme algo que aun no comprendo, ― “debemos marcharnos pronto, no nos esperarán por mucho más tiempo”―, sus palabras resuenan en mis oídos y al levantar la vista veo del otro lado de la ventana a un niño que sostiene una flauta de metal y me sonríe, la coloca sobre sus labios y deja sonar una melodía que mueve poderosamente a mi cerebro y mi memoria llevándome de un solo golpe fuera de la habitación.
Aquel sonido me conectó con el momento actual. Estoy justo en medio de mi memoria futura. Miro alrededor, me encuentro en una especie de isla y al intentar levantarme el permafrost hace que resbale pero unas manos me sujetan para no caerme y siento un frio intenso, como el de la tundra.
Su voz me reconecta con la realidad, ― “Anam, hemos llegado”―.
La reconocí de inmediato. Antonella o Evah, es la voz que necesitaba escuchar. ― “Aquí estamos para cumplir con el propósito de nuestro proyecto”―
Llegamos a la isla Spitsbergen en Noruega. Evah y yo hemos venido a buscar la semilla de “Hemp” una fibra, también llamada el superalimento; resguardada en la bóveda acorazada de Svalbard. Sus propiedades nos permitirán crear la cura infalible del virus que azota a la humanidad. Nosotros 3 somos la esperanza.
A lo lejos sigo escuchando la melodía que me transporta de un lugar a otro en el tiempo y un paisaje en blanco ya no negro, deja ver un arcoíris en el horizonte.