
De camino a la estación pensaba en Mónica. El hombro apenas soportaba el peso de tanta ropa y recuerdos. Había escapado de la habitación 115 aprovechando que mi compañera de viaje y de cuarto dormía. Era comunicativa en extremo. La conocí en la terminal de trenes de Troke, en mi último viaje. Eran las seis de la tarde y aun pernoctaba en uno de los pasillos del ala lateral del recinto.
— ¿Puedo? —pronunció Mónica cuando ya me hallaba dominado por el sopor del sueño.
—Eh…si —contesté con expresión de duda. Me hice a un costado y la muchacha tomó asiento.
Allí permaneció largo rato sin pronunciar palabras. Me impresionaba aquella situación porque yo era un pobre diablo, más ella aparentaba ser una chica de clase.
— ¿Extrañado? —preguntó de momento como si hubiese adivinado mi pensamiento—, pues sepa que los trenes no escogen a sus pasajeros, ni el destino, ese papel lo juega el azar. Unos viajan por placer, otros por trabajo, otros por rutina y hay quien no tiene más remedio. Usted por ejemplo parece integrar el cuarto grupo.
Al llegar a este punto me paré bruscamente, me sentía escudriñado y ultrajado. ¿Qué sabía esa mujer de mí?
—Me parece que está sacando conclusiones precipitadas. No me conoce y sin embargo me aborda con juicios que me niego a aceptar.
—Ya veo que no entiende nada. No me hace falta saber quién es, su aspecto lo delata.
— ¡Eso es asunto mío! —exclamé.
—No se alarme. Yo, por ejemplo, viajo por adicción.
— ¿Adicción? —pregunté en tono de burla—. ¿Qué persigue con tanto ir y venir?
—No se ría. Lo que digo es en serio. Me agrada saborear el aroma de cada pueblo, el color de las estaciones, el calor de la gente. Por cierto, cada persona tiene su modo de viajar. Algunos prefieren ir sentados. Otros de pie. Recostados en los extremos y hasta sujetados de los estribos. Puedes ver personas en trenes, autobuses, aviones, metros, bicicletas o simplemente a pie. Sin embargo, todos persiguen un único fin, viajar. Las relaciones cortas que se presentan en viajes pueden llegar a ser tan duraderas como el mismo tiempo.
— ¿Hacia dónde vas?
—Aún no lo tengo claro —contestó.
— ¿Quieres venir conmigo a Endland? Es una hermosa ciudad de aquí de Troke. Famosa por las fiestas y el hospedaje.
—Me sorprende. Primero se enoja, luego se burla y ahora me hace una invitación. ¿Qué pretende? Ni nos hemos presentado.
—Discúlpeme por mi variable carácter —le dije en un plano menos formal—. No es mi deseo que te formules una falsa imagen de mi persona. Soy Marcos, dependiente de un pequeño bar.
— ¿Dependiente de un bar? ¿Por qué la gente tendrá la manía de apellidarse con el oficio que realizan? Es absurdo pensar que eso dejará una idea contraria de lo que realmente son —hizo una pausa y se alisó el vestido—. Me llamo Mónica, Mónica Gutiérrez Albarán y acepto tu invitación. Ya te dije que soy adicta a viajar.
El tren llegó en el momento en que el tráfico de gente entorpecía el orden del local. Recogimos las pertenencias y nos fuimos a Endland.
Llegamos a la mítica ciudad. Al preguntar el motivo de la celebración nos contestaron que era costumbre que a toda hora hubiese fiesta. Así los viajeros eran recibidos con apego en cualquier momento del día y de la noche. Dejar el equipaje en el suelo y sumarnos a la algarabía fue lo mismo. Enseguida nos brindaron jarras de barro abundantes en cerveza fría. Al rato reíamos como tontos. Cualquier cosa era motivo para dejar que carcajadas bufónicas se nos posaran en el rostro. El baile lo iniciaron grupos de aficionados que acudían a Endland para exhibir diferentes estilos. La gente asaltó el escenario cuando el último grupo terminó la función. No fuimos menos y nos sumamos al espectáculo. Agarré a Mónica y comenzamos a dar vueltas. Ella disfrutaba y se conducía en medio de la alegría y mis imperfecciones como bailador. Después llegó el teatro para calmar el calor que iba dominando el cuerpo y la mente. La obra puesta en escena era improvisada retazo a retazo y hubiésemos bebido un tonel de cerveza si no es porque un borracho nos sugirió no beber más. Sonó el campanazo del reloj de la plaza que delató la llegada de las ocho de la noche. Al levantar la vista el cuerpo nos exigió descanso. Así que, cargando el equipaje y el cansancio, nos fuimos al hotel Reencuentro.
Cerramos la puerta y nos dirigimos al mostrador amarillo que terminaba en dos extensas filas de muebles.
— ¡Bienvenidos! —nos saludó una muchacha de aspecto sencillo que también disfrutaba de la música y la cerveza.
—Una habitación —dijo Mónica antes de que la chica peguntara si preferíamos dormitorios juntos o separados.
El agente de piso nos llevó a la habitación. Una peculiar habitación. Grandes ventanales blancos resaltaban el paisaje. El piso y las paredes estaban cubiertos de una espesa alfombra verde que amenazaba con invadir el techo. No había adornos ni cuadros ni mesas; solo un pequeño diván y una cama sencilla. El diván desapareció con rapidez al servir de sustento a nuestras pertenencias. La cama permaneció intacta.
Estábamos aturdidos por la mezcla de la cerveza y la algarabía. Nos dimos un baño y fuimos al restaurante para comer algo ligero. Era bastante tarde y el estómago se declaraba en huelga.
— ¡Buenas noches! Bienvenidos al restaurante El Olvido. ¿Qué desean? —preguntó una rubia flaca en exceso.
—Buscamos un aperitivo sencillo que nos ayude a conciliar el sueño —respondió Mónica conjugando el verbo nuevamente en plural.
Pedí la carta y la entregaron de inmediato. Ordenamos y mientras transcurría el tiempo no hacíamos más que mirarnos. Por su parte no sé, pero yo intentaba descifrar que se traía aquella mujer inusual que de repente se entrometió en mi camino.
Llegó el pedido y comenzamos a devorarlo con sumo apetito. No habíamos probado bocado desde que salimos de la terminal de Troke.
—Si piensas que soy una mujer fácil te equivocas —dijo de momento tratando de convencerme de un juicio que no me había hecho—. Me declaro libre de extremos. Ando por la vida con paso firme y no me agradan las improvisaciones, más bien le temo a lo desconocido.
— ¿Y qué puede resultarte más ignoto que yo? No sabes quién soy. ¿O me equivoco? —le dije tratando de sacarle alguna información—. Sin embargo, estás cenando conmigo y luego dormiremos en la misma cama.
—Es cierto, pero es la primera vez que hago esto. Simpaticé contigo, nada más. Llevaba bastante tiempo en la sala de espera y quería hablar con alguien. Me sentí segura y como dices, aquí nos encontramos. Deberías sentirte orgulloso.
No pude evitar reír al llegar a este punto. ¿Por qué debería sentirme satisfecho? Sin dudas Mónica padecía de vanidad.
— ¡No rías! ¿Acaso no es lo que persiguen los hombres? Muchos pasan la vida coleccionando historia de mujeres.
Al escuchar su punto de vista se me borró la risa. Mónica estaba completamente equivocada. Yo no era un santo, pero tampoco un donjuán. Sin mucho esfuerzo había logrado mantener un ritmo de vida tranquilo.
—Permíteme confesarte que estas errada. No pertenezco a ese grupo de hombres. He tenido no pocas mujeres, pero no presas fáciles. Han sido mujeres que he amado y que me han amado algo. Que han estado a mi lado no una noche sino toda una vida. A pesar de las rupturas aún las llevo conmigo. Mujeres de bien. De pasión. De calma. De blando pensar y sentir.
La miré a los ojos y noté paz adentro. Al parecer era el tipo de respuesta que esperaba. Pensé que tendría lugar una rivalidad de opiniones y conceptos, pero lo cierto es que el acercamiento fue inevitable.
Desde que abandonamos el restaurante la seguí con la vista. Ella se había adelantado un poco. No sin antes rozar mi mano con sus caderas. El vestido le sentaba terriblemente bien. El pelo caía hasta justo dos dedos debajo de los hombros. Cerré la puerta con suavidad. Al virarme me alegré de que el vestido fuera cayendo al suelo. Tiré a un lado la camisa y la estreché en mis brazos. La cama permaneció intacta porque prefirió el pelaje de la alfombra para hacer el amor. Al terminar tomó un largo trago de whisky y se durmió. Permanecí largo rato a su lado, contemplando la textura de la piel que minutos antes se calentó con mis manos. Me vestí y recogí mis pertenencias. Al salir vi que se trataba de la habitación 115. Sería inolvidable. De eso estaba seguro.
Sentado en este banco pienso en los viajes, en la vida. Pasan varios trenes y la gente no hace más que ir y venir. Hay dos tipos de personas en la vida. Las que viajan, que buscan aventuras y estilos nuevos, que toman la iniciativa y van en busca del porvenir; y las que no, que se resignan a la aceptación, que carecen de instinto, que se sientan en el peldaño de la espera. Aquí llega mi tren. Mónica se equivocó otra vez. Esa fue mi primera aventura y pertenezco al grupo que viaja por rutina.