
Pensaba que caía del cielo, sí, que el hombre perfecto debía ser así por naturaleza.
Nunca consideré la opción de pararme frente a un espejo y ver reflejados todos mis defectos.
Nunca consideré que somos seres cambiantes, que está en nuestra naturaleza cometer errores y que la verdadera grandeza está en aprender de ellos.
Tuve que conocerlo a él para poder vivir mis propias palabras de que la belleza está en la imperfección, porque sí, siempre lo dije, pero ahora me doy cuenta de que no lo creía realmente verdadero, por lo menos no antes de él.
Después de él pude dejar de lado a esa niña que vivía entre fantasías sin ser consciente de ellas, después de él entendí que lo que desde fuera parece perfecto, desde dentro puede ser una lucha constante.
Con él aprendí que no rendirse también es una forma de amar.
Con él aprendí a amar los defectos, a perderme en ellos, la niña que vivía soñando con lo príncipes de los cuentos encontró su perdición en ese personaje que no miramos por dos segundos de más.